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Juan Velarde Fuertes
El capitalismo, ¿ha muerto?
Ha aparecido, con la presente crisis, otro argumento contra
el capitalismo. Conviene, en ese sentido recordar que este
fenómeno, o lo que es lo mismo, el mercado libre, creció
con fuerza tras acontecimientos notables de la historia de
la Humanidad. El primero, la conexión de todos los
mercados del mundo, lo que se consiguió, como señalan
Marx y Engels en el “Manifiesto Comunista” con
sus descubrimientos por los españoles y portugueses.
El segundo, la revolución científica y tecnológica
de los siglos XVII y XVIII. El tercero, la revolución
liberal. El cuarto, la conjunción de todo eso en la
Revolución Industrial.
Sin todos y cada uno de esos elementos,
la Humanidad no hubiera avanzado en lo material con la impresionante
velocidad como lo hizo desde el inicio del siglo XIX a ahora
mismo. Pero el capitalismo, o repito, el mercado libre, lleva
como bandera, un triple mensaje: la sobriedad, el esfuerzo
y la innovación, lo que supone aceptar el riesgo y
evidentes molestias. Y desde el siglo XIX, los viejos arbitristas,
en buena parte, se han dedicado a imaginar cómo podría
ser posible tener todo lo muchísimo que la Revolución
Industrial nos lanza en forma de una creciente riada de bienes
y servicios, pero sin tensiones, sin crisis. Aprovechaban
siempre los tropiezos que se generan en forma de caídas
en la coyuntura, para ahondar en sus mensajes.
De ahí que tras la fuerte
crisis de 1847 –la que en España, por ejemplo,
se llevó por delante al Banco de Isabel II, o en Francia,
nada menos que, definitivamente, a la Monarquía y en
Irlanda a una numerosísima emigración a Estados
Unidos huyendo del hambre , Marx y Engels lanzaron el “Manifiesto
Comunista”. De ahí también que la onda
larga Kondratief que culminaría con la Gran Depresión
fue el acicate para que se contemplase incluso con arrobo
el intento de economía colectivista centrada en los
Planes Quinquenales soviéticos. La dura realidad actual
no iba a ser una excepción. Comienzan a surgir mensajes
de que la economía de libre mercado está, por
fuerza en vías de desaparición, justo cuando
el partido comunista chino decide, en el fondo, aceptar la
propiedad privada agraria, o cuando basa su desarrollo en
un mundo empresarial gigantesco que se acumula en su zona
del Pacífico, evidentemente capitalista.
Toda esta oposición al capitalismo
tiene un cierto aire ridículo. Por eso en “The
Economist” de 18 de octubre de 2008 aparece un chiste,
en el que se ve a un vendedor de toda clase de objetos con
el lema “Capitalism is dead”, o sea, “El
capitalismo ha muerto”, en una tienda abarrotada de
compradores. Se ven letreros en ella como “Invierta
en «Capitalismo ha muerto». ¡Vaya a nuestra
website!”, mientras el dueño del establecimiento
vocifera a alguien por teléfono: “¡Creo
que he encontrado un mercado creciente!...”. Y el final
del comentario central de este ejemplar de “The Economist•,
“Capitalism at bay”, o sea, “El capitalismo,
acosado”, concluye así, y tiene toda la razón:
“El capitalismo está acosado, pero aquellos que
creen en él deben luchar por su causa. Pues con todos
sus defectos es el mejor sistema económico que, sin
embargo, el hombre haya inventado”. Aunque deba señalarse
que Joseph Stiglitz, el Premio Nobel de Economía, en
su artículo “The Way Out. How the financial crisis
happéned and how it must be fixed”, en “Time”
de 27 de octubre de 2008, puntualiza esto, y tiene razón:
“El capitalismo puede ser el mejor sistema económico
que ha conseguido el hombre, pero ninguno nunca dijo que crearía
estabilidad. De hecho, en los últimos treinta años
las economías de mercado se han enfrentado a más
de cien crisis. Por eso yo y muchos otros economistas creemos
que son una parte esencial del funcionamiento de la economía
de mercado las regulaciones y vigilancias gubernamentales”.
Por supuesto, y de ahí que se pueda decir que han sido,
los problemas sucedidos recientemente, generados por fallos
del Estado, tanto en España como en otras partes. Dado
que tanto se habla de las soluciones socialdemócratas,
es evidente que ellas han fracasado entre nosotros, porque
han conducido directamente a la crisis.

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