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Las empresas del sector eléctrico
han realizado un esfuerzo intenso en los
últimos años para proporcionar
mayor seguridad en el suministro frente
a la demanda creciente. Ello se ha traducido
en un volumen de inversión que aumenta
año a año, hasta alcanzar
en 2004 más de 4.400 millones de
euros, y ello en un entorno de riesgo en
el que la inseguridad regulatoria impide
garantizar la rentabilidad de la misma.
Como resultado se ha incrementado la potencia
instalada aproximadamente un 21 por 100
en cuatro años, con lo que el margen
de reserva se situará en torno al
5 por 100 en 2005, cifra que se duplicará
seis años más tarde, superando
así los niveles alarmantes de 2003
y 2004. De este modo, no sólo se
garantiza el suministro eléctrico
incluso en los picos de demanda, sino que
además los efectos positivos de la
inversión se reflejan en los índices
de calidad, que no han parado de crecer.
En este sentido el TIEPI alcanzó
en 2004 su record histórico positivo,
en 2,42 horas lo que mejora en un 28 por
100 los valores de 1996, año de la
firma del protocolo de liberalización.
El proceso de liberalización del
mercado en España ha adelantado a
las exigencias europeas, a través
de un importante esfuerzo de adaptación
de las empresas del sector que ha redundado
en importantes beneficios globales para
la economía española. En este
sentido, desde la firma del protocolo, el
precio de la electricidad se ha reducido
un 13,2 por 100 en términos nominales,
pero si tenemos en cuenta la inflación,
la rebaja alcanza el 39,5 por 100. Además,
la penetración del mercado liberalizado
ha sido superior a la que cabría
esperar al competir con una tarifa insuficiente,
ya que la libre contratación en el
mismo ha alcanzado el 36 por 100 de la energía.
Así, los clientes que han acudido
al mercado liberalizado han obtenido precios
todavía inferiores a los de tarifa.
Nuevos condicionantes del
entorno.
Recientemente se han alterado las condiciones
del entorno del mercado energético,
lo que ha ocasionado el encarecimiento del
mismo. En este sentido, se está sufriendo
una importante presión de demanda
en cuanto que la utilización de la
capacidad es cada vez mayor, lo que se une
a los costes medioambientales y al aumento
de los precios de los combustibles. Este
último efecto presiona los precios
al alza, en parte porque el mix de generación
a que obliga el gobierno es más caro,
ya que se basa en el gas y energías
renovables (la mitad será ciclo combinado
y la otra mitad régimen especial),
con un coste marginal de producción
superior al de las instalaciones existentes.
Para paliar este problema cabría
plantearse la necesidad de prolongar la
vida útil del parque generador actual,
además de que parece razonable mantener
un cierto nivel de diversificación
energética que evite la concentración
excesiva en pocas fuentes, concretamente
manteniendo una parte de la generación
en el carbón. Convendría revisar
los planes de reducción de esta tecnología
como ya se está haciendo an algunos
países europeos, como por ejemplo,
en Alemania. Asimismo, la diversificación
debería contar con la energía
nuclear, dilatando la vida útil de
las centrales de este tipo en funcionamiento
o planteando la creación de otras
nuevas. La generación eléctrica
también se encarece por el incremento
de los precios del combustible, que, en
el caso del petróleo Brent, ha alcanzado
más del 90 por 100 entre enero de
2003 y octubre de 2005, arrastrando consigo
al gas y al carbón. Ello, unido a
la sequía y a las limitaciones en
el uso de las centrales nucleares parecen
ser la causa de los elevados precios registrados
este año, que constituyen la consecuencia
lógica de la evolución del
entorno y en nigún caso justifican
falta de confianza en el funcionamiento
del mismo.
El sector eléctrico es consciente
del impacto medioambiental de su actividad,
por lo que está realizando esfuerzos
para disminuir el mismo, siendo posiblemente,
uno de los que mejores resultados ha obtenido
en este aspecto. Así, se pueden citar
las nuevas tecnologías aplicadas
en la combustión del carbón,
el impulso de los ciclos combinados y el
desarrollo de las energías renovables.
Sin embargo, los requisitos medioambientales
suponen un sobrecoste para cualquier industria,
pero mucho más para la generación
eléctrica: las tasas e impuestos
medioambientales son una práctica
generalizada en las Comunidades Autónomas,
y el gobierno está impulsando la
creación de otra nuevas.
Este año ha entrado en funcionamiento
el mercado de derechos de emisión
de CO2, lo que debería constituir
una solución, pero que en la práctica
está encontrando obstáculos
para su funcionamiento, ya que a la lógica
inexperiencia de sus agentes se une su coincidencia
en el tiempo con un periodo de alta demanda
y sequía, lo que obliga al sobreuso
de la generación de carbón,
de manera que la oferta de derechos ha sido
muy escasa, generando volatilidad y falta
de liquidez en el mismo. De hecho, en la
actualidad el precio de la tonelada de CO2
ronda los 20 euros, cuando las primeras
estimaciones manejaban la cifra de 10 euros.
Sin embargo, el mayor problema del mercado
de derechos no es consecuencia de su funcionamiento,
sino más bien de que no parece que
esté cumpliendo su función
de disminuir las emisiones reales puesto
que las desviaciones son crecientes, y aumentan
por encima de la demanda. Ello podría
indicar que quizá dicho mercado no
sea la mejor solución posible, y
que, en cualquier caso, se debe revisar
su funcionamiento para incorporar mayor
flexibilidad y repartir más su coste.
Otro de los factores que incide en el crecimiento
del precio energético es la presión
de la demanda que se ha incrementado en
un 65 por 100 en los últimos diez
años, obligando a las empresas del
sector a recurrir a toda su capacidad de
generación. De hecho, el aumento
anual de la demanda eléctrica se
ha situado por encima del crecimiento del
PIB, alcanzando una media en torno al 5
por 100, tendencia que parece que se mantendrá
en el futuro, puesto que la Planificación
valora un escenario con incrementos de demanda
anuales de entre el 3 y el 5 por 100. Sin
embargo, el aspecto de mayor relevancia
es el incremento de las puntas de potencia,
que en la última década han
aumentado un 73 por 100, superando todas
las previsiones, y, es más, el crecimiento
se ha producido por igual tanto en invierno
como en verano. De hecho, la punta de potencia
del mes de enero de 2005 alcanzó
los niveles que no se esperaban hasta dos
años más tarde según
la planificación realizada en 2002.
De los datos de demanda se deduce que existe
un problema de intensidad de la energía
que en España no para de aumentar,
al contrario que en la mayoría de
países de la OCDE, situación
aún más grave si tenemos en
cuenta la fuerte dependencia energética
de nuestro país, muy superior a la
media europea. Por ello es necesario aplicar
medidas de ahorro y eficiencia, que, aunque
ya existen inciciativas muy positivas, concreten
en hechos las medidas de control y/o gestión
de la demanda. Asimismo, la adecuación
de la tarifa a los costes reales podría
constituir una de las principales vías
para mejorar la eficiencia energética
en cuanto que permitiría enviar una
señal de precio a los agentes, quienes
actualmente pueden tener una percepción
equivocada de abundancia si se guían
tan sólo por la tarifa. Habría
que considerar, además, que el auténtico
problema para la generación se produce
en los picos de demanda que podrían
limitarse con una mayor penalización
económica de los mismos.
El modelo eléctrico: limitaciones
y futuro
El modelo eléctrico actual parece
haber funcionado razonablemente bien durante
algunos años, pero no soporta los
cambios del entorno producidos recientemente,
de modo que sólo el esfuerzo de las
empresas del sector ha permitido afrontar
las necesidades energéticas de nuestra
economía durante los últimos
dos años. Por ello es necesario plantearse
un nuevo modelo que, indudablemente, pasa
por el mercado, pero en el que es necesario
revisar el sistema de tarifas, al objeto
de aprovechar su capacidad de asignación
óptima de recursos. En el corto plazo,
la misma no sólo sufre un déficit
en relación al coste que pretende
cubrir, sino que además supone un
freno a la comercialización.
Los ingresos reconocidos por la tarifa no
reconocen los costes reales del sector,
en una diferencia que a final de año
podría alcanzar los 3.500 millones
de euros. Sin embargo, este déficit
no se produce por un mal funcionamiento
del mercado, sino por las rigideces existentes
en el modelo de traslación de los
costes reales del sistema a los clientes.
Ello, a la postre merma los recursos de
las empresas y a largo plazo podría
comprometer sus perspectivas financieras,
el cumplimiento de los compromisos de inversión
y, en conjunto, la supervivencia del modelo.
Pero es que además, el hecho de que
la tarifa no refleje los costes de generación
impide avanzar en el proceso de liberalización,
ya que la comercialización se basa
en un descuento sobre la tarifa. De este
modo, la misma genera pérdidas para
los agentes, especialmente severas para
aquellos que no disponene de generación
ya que no pueden compensarlas de ninguna
forma. De hecho, el efecto real es que se
está frenendo el crecimiento de la
comercialización y se está
reduciendo el número de agentes.
La solución de estas disfunciones
pasaría por un uso exclusivamente
marginal de la tarifa, sólo como
último recurso en casos excepcionales.
Los problemas del modelo podrían
abordarse a corto plazo mediante un conjunto
de soluciones específicas entre las
que las más relevantes serían
la liquidación de los CTCs reconociendo
el déficit existente en las tarifas,
remunerar adecuadamente la generación
hidroeléctrica y nuclear, e incrementar
la retribución de la distribución
para garantizar la sostenibilidad de la
actividad. La aplicación de estas
medidas supondría un incremento de
la tarifa a corto plazo, que según
los cálculos de las empresas debería
subir en torno a un 10 por 100, lo que tendría
como ventaja garantizar el correcto funcionamiento
del sistema y su sostenibilidad futura,
al tiempo que contribuiría a moderar
los incrementos tarifarios posteriores serían
mucho más moderados. Si no se abordan
los problemas mencionados o si se difieren
en el tiempo los costes para obtener variaciones
de precio más homogéneas se
produciría un incremento del endeudamiento
del sector con la consiguiente caída
de su solvencia, además de que se
perpetuarían las dificultades del
mercado liberalizado debido a una tarifa
que no cubre costes.
En conclusión, cualquier mejora en
el funcionamiento del mercado eléctrico
o en la eficiencia del tejido productivo
obliga a importantes incrementos de la tarifa
que pueden acarrear una reacción
negativa por parte de los consumidores,
lo cual parece incoherente con la evolución
de los precios de otros productos energéticos,
cuya sensibilidad suele ser inferior. En
realidad, una subida de esta índole
no sólo estaría en consonancia
con la evolución de los costes, incluso
quedándose corta, sino que además
se equipararía a la evolución
de otros países de Europa, como por
ejemplo Portugal (de importancia para nosotros
por el MIBEL), cuyo mercado experimentará
un incremento de tarifas del 15 por 100
el año próximo, o Italia,
que ha instaurado un sistema de revisión
trimestral de los precios.
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