El país
de Lula avanza firme hacia el “milagro económico”
Martín
Kanenguiser
Enviado
especial
Las
claves son el optimismo y la pujanza
Domingo
1 de junio de 2008 Publicado en la Edición impresa
SAN PABLO.– A primera
vista, Ricardo Steinbruch y Reginaldo Lopes no tienen muchas cosas
en común, salvo que ambos son paulistas.
Steinbruch preside Vicunha Textil,
una empresa que tiene unos 9000 empleados, factura más de
800 millones de dólares por año y forma parte de un
grupo que también maneja un banco, es socio de una siderúrgica
y tiene negocios en el agro.
Lopes es un taxista que para
poder pagar los estudios universitarios de sus dos hijos tolera
14 horas diarias el insoportable tránsito de la capital económica
de este Brasil pujante, complejo y desigual.
Pese a la brecha que hay entre
sus dos mundos, ambos coinciden en que el Brasil de hoy es mucho
mejor que el de hace 10 años, aunque mantenga importantes
heridas sociales abiertas.
No apoyan en todo al presidente
Luiz Inacio Lula da Silva y, de hecho, lo critican por haber aumentado
la cantidad de empleados públicos y por mantener una carga
tributaria altísima e ineficiente. Pero coinciden en que
el país ha experimentado un quiebre respecto de su pasado
de gran inestabilidad.
Lo mismo opina la mayoría
de empresarios, economistas, analistas, funcionarios y simples ciudadanos
con los que LA NACION conversó en varias ciudades del país,
el país más grande de América del Sur, para
conocer las claves de un boom económico y social que parece
tener por delante mucho más crecimiento que riesgos.
En las últimas semanas,
Brasil se convirtió en una noticia internacional gracias
a haber obtenido el investment grade ( grado de inversión)
por parte de la calificadora de riesgo crediticio Standard &
Poor s (S&P), que que ya fue imitada por su competidora
Fitch. Esto significa que el gobierno y las empresas accederán
a financiamiento más barato, porque sus acreedores tienen
menos temor a prestarle que a otros países.
La pujanza del Brasil de Lula
se refleja sin duda en San Pablo, a cuyas calles se vuelcan cada
día 600 autos nuevos (lo cual hace aún más
caótico el tránsito de la ciudad), pero también
en los pobres estados nordestinos, donde Lula tiene su principal
base de apoyo político.
En las grandes ciudades del
centro del país, muchos ciudadanos miraban con recelo al
presidente por su origen marcadamente sindical, pero después
se vieron cautivados por su pragmatismo y hoy por su popularidad,
cuando transcurre la mitad del segundo mandato, alcanza un nada
despreciable 70 por ciento, nivel que se ubica entre los más
altos de la región.
El factor más relevante
para entender este cambio en Brasil es, justamente, la falta de
cambios radicales: aunque los equipos de los presidentes Fernando
Henrique Cardoso y Lula se peleen entre sí para ver quién
hizo el mayor aporte, para el resto de los brasileños lo
que hubo es una muy acertada continuidad entre ambas gestiones.
El optimismo por la salud económica
del país -en el mundo de las finanzas ya se habla del "milagro
brasileño"- se refleja en la inversión extranjera,
que el año pasado rondó los 35.000 millones de dólares,
frente a los 5700 millones que recibió la Argentina.
Milena Zaniboni, analista de
S&P Brasil, explicó en su oficina del centro financiero
de San Pablo que el país subió de nota por "la
perspectiva de un crecimiento más fuerte, estabilidad macroeconómica
y monetaria, junto con un incremento muy dinámico de la demanda
interna gracias al crédito bancario".
Las cifras oficiales ratifican
este diagnóstico y le permiten al país mantenerse
equidistante de la crisis financiera global, a diferencia de lo
que ocurría en el pasado: entre 2004 y 2007, el PBI creció
a una tasa del 4,5% anual, frente a un promedio del 2,8% entre 1984
y 1993, y del 2,5%, entre 1994 y 2003. Los más refinados
restaurantes de San Pablo, repletos de gente inclusive en los días
laborables, pero también las cadenas de venta de productos
masivos, que no se cansan de facturar, hablan claramente de ese
crecimiento.
El futuro está llegando
Las tasas de expansión
de la economía tal vez no son tan espectaculares como las
de la Argentina, que desde 2003 creció casi al 9% anual,
pero acá todos parecen estar tranquilos con un crecimiento
"más ordenado y sustentable", según indicó
Steinbruch. Este empresario, admirador de la riqueza natural de
la Argentina, se siente reconfortado, porque "siempre se decía
que el futuro en Brasil llegaría alguna vez, pero ahora parece
que está llegando".
Por otro lado, Brasil pasó
de ser deudor externo, a acreedor; el superávit fiscal ronda
el 4%, y la tasa de inversión crece 2,5 veces más
rápido que el PBI. Esta fortaleza permite que la tormenta
que trajo la crisis de las hipotecas subprime en los Estados Unidos
ni siquiera se vea como una llovizna en los bancos de la poderosa
city paulista.
Hay amenazas, pero bastante
manejables: la inflación superaría el 5% este año,
por encima de la pauta que maneja el Banco Central, dirigido por
el muy respetado Henrique Meirelles, a quien Lula preserva de las
críticas del Partido de los Trabajadores (PT, la agrupación
del presidente). El gobierno atribuye esta inflación a la
suba internacional en el valor de la energía y de los alimentos,
que a su vez contribuye a acelerar el crecimiento económico,
como en otros países emergentes; la oposición y los
analistas agregan que los precios suben porque el gasto público
viene trepando al 9% anual con Lula.
"Los que no quieren trabajar
sólo deben esperar que el gobierno les dé un subsidio",
se queja otro taxista, en una frase que perfectamente podría
escucharse en cualquier ciudad de América latina.
Para compensar el aumento del
gasto público y su correlato en la inflación, el Banco
Central mantiene altas las tasas de interés. Pero esas tasas
encienden otra luz amarilla: está subiendo el valor del real
frente al dólar, lo que a priori debería perjudicar
sus exportaciones.
Por ahora, nadie parece muy
preocupado por el rumbo de la moneda nacional: muchos empresarios
dicen que quieren ver cómo implementa el gobierno el nuevo
paquete de apoyo a la industria, mientras tanto se animan a invertir
dentro y fuera del país, con salarios que crecieron en términos
reales. De todos modos, Sergio Amaral, un ex ministro de Desarrollo
e Industria del gobierno de Cardoso, advirtió que si se mantuviera
esta escala ascendente del real, que se cotiza cerca de 1,65 por
dólar -en 2002 la relación era casi de 4 a 1-, "en
dos o tres años podría haber problemas de competitividad
para la industria brasileña".
Más optimista, la jefa
de economistas del banco ABN-Amro, Zeina Latif, sostuvo que hacia
delante "no hay signos de una crisis política relevante
y si aparece ese factor, no parece probable que vaya a contaminar
la marcha de la economía, como quedó demostrado cuando
Lula casi va a juicio político en 2005".
En 2011, si no se reforma la
constitución para permitir una nueva reelección, Lula
dejará el poder y, según las encuestas, podría
ser sucedido por el gobernador socialdemócrata del estado
de San Pablo, José Serra. Con un discurso más académico,
aunque sin tanto carisma, si a Serra (del partido de Cardoso) le
toca recibir en sus manos las riendas que dejará Lula seguramente
avanzará en algunas de las reformas que pide el mercado financiero
(seguridad social, apertura de la economía, control del gasto),
pero nadie espera que vaya a torcer demasiado el rumbo del país.
En la última década,
Brasil ha ganado una gran oportunidad en un contexto de crecimiento
mundial. Si bien todavía tiene muchas batallas por dar, en
la que libra por estos días, las cuentas le dan muy bien.

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