Nº157
Del 20 al 26 de Octubre del 2004
 
 






 
 


Juan Velarde Fuertes

Breve meditación, el 12 de Octubre sobre Iberoamérica

 
 



Como una especie de elogio a dos investigadores fundamentales de la economía española, ambos directísimamente vinculados a Valencia, Perpiñá Grau y Torres Martínez, el 12 de octubre de 2004, contemplé en un trabajo destinado al periódico valenciano “La Voz”, la serie de la divergencia de la economía iberoamericana y la española. Las cifras son verdaderamente significativas, basándonos en las estimaciones en dólares Geary-Khamis para homogeneizar los datos macroeconómicos espacial y temporalmente. Los quince países más importantes de la región iberoamericana –esto es, todos, salvo Panamá, Nicaragua y Paraguay- en 1950 tenían como media, según las estimaciones ofrecidas por Angus Maddison en su trabajo “The World Economy: Historical Statistics” (Development Centre Studies, OECD, 2003), un PIB por habitante que era el 79’9 del español; en 1960, el 66’9%; en 1970, el 41’0%; en 1980, el 34’4%; en 1990, el 27’8%, y en el primer año del siglo XXI, el 2001, el 22’9%. Esta significativísima serie nos dice que el conjunto iberoamericano ha perdido, tras la II Guerra mundial, su carrera, no sólo con España, sino con el mundo más adelantado. En 1950 tenían un PIB por habitante mayor que el español, Argentina, Chile, México, Perú, Uruguay y Venezuela. En el 2001, ni un solo país iberoamericano sobrepasa el PIB por habitante español. Chile es el que lo tiene más alto, pero aun así es el suyo sólo el 63’9% del español.

En mi artículo en “La Voz” destacaba cómo una de las causas de eso era que España, en vez de seguir el cierre frente al exterior, cambió el rumbo totalmente, abandonó el sendero castizo y siguiendo el consejo de los Torres y los Perpiñá, que tenían seguidores en toda España, en 1959 emprendió, hasta ahora mismo, el camino de la apertura. En cambio Iberoamérica, como consecuencia de las prédicas del estructuralismo económico latinoamericano, con Raul Prebisch a la cabeza, pero con epígonos en todos los países, se cerró para tener un desarrollo hacia dentro. Aldo Ferrer en su libro “Vivir con lo nuestro” acertó a señalar la esencia de esa política.

Dentro del panorama macroeconómico esto afecta a los enlaces de las balanzas exteriores, pero también ha contribuido a esa decadencia algo que diferencia a Iberoamérica y a España: el haber sido capaces los españoles de llevar adelante una reforma tributaria, la Fuentes Quintana-Fernández Ordóñez de 1978, que siguió al Pacto de La Moncloa. Sin esa decisión, hoy en España reinaría el caos. Fue posible tener más gasto público y aun así, equilibrio presupuestario.

Nada de eso sucede en Iberoamérica. Acaba de aparecer, en “Política Exterior”, septiembre-octubre 2004, un excelente artículo de Manuel Hernández Ruigómez, “Modernización del Estado y crecimiento. La necesaria reforma fiscal”, donde plantea la realidad iberoamericana. Uno de los principales motivos de su decadencia económica –y en los otros órdenes, también- es, para Hernández Ruigómez, “la debilidad del Estado y de sus instituciones”. La raíz de ello se halla en la “carencia básica de recursos para dar seguridad en las calles a sus poblaciones, para crear infraestructuras, para contar, en fin, con una función pública profesionalizada, con un sistema judicial independiente. Es decir... en América Latina, el instrumento fiscal se ha descuidado irresponsablemente... Sólo Costa Rica, Brasil y Chile –tímidamente- han puesto en marcha esta necesaria reforma... Por añadidura, en (estos)... casos... el proyecto presentado... ha sido sustancialmente rebajado en el debate parlamentario”. En México, la reforma fiscal planteada por el presidente Fox, fue arrumbada por el poder legislativo, dominado por el famoso PRI que tanto admiran algunos políticos españoles.

Y añade Hernández Ruigómez: “En Latinoamérica, donde la presión fiscal ronda el 12%... ni siquiera es éste un asunto que ocupe las páginas de los medios de comunicación”. Como señaló el buen economista guatemalteco Gert Rosenthal, al recibir el doctorado “honoris causa” por la Universidad de San Carlos, la más antigua y venerada del país, la mezcla de baja renta y de minúscula presión fiscal, impide pensar en que el Estado pueda ser un factor impulsor del desarrollo. Cuando lo intenta, convierte en un colosal deudor a la nación, crea inflaciones y hace que las instituciones internacionales y ciertos países se conmuevan y concedan ayudas. Esto es, como señala Hernández Ruigómez, “hay que decirlo claro: si la cooperación sigue siendo necesaria en América Latina, es porque la sociedad que la reclama, y la recibe, no hace sus deberes recaudatorios”, y añade: “Desde una perspectiva ideológica, sería hasta cierto punto normal que este silencio en torno a la necesidad de una reforma fiscal lo fomentaran los partidos conservadores, debidamente estimulados por los grupos sociales y económicos complacidos con la situación reinante. Pero no, esta especie de silencio cómplice,... la aparenta abulia con respecto a la reforma fiscal se encuentra también en los partidos socialdemócratas, en los socialistas, e incluso en los de la izquierda radical y rupturista”.

Agréguese la corrupción –los ricos conceden “donativos a todos los partidos contendientes sin excepción... (por lo) que, gane quien gane, los dirigentes políticos, las mayorías parlamentarias –las minorías permanecen silentes-, se encuentran con las manos atadas para aplicar esta o aquella estrategia de actuación contraria a los intereses de los donantes”.

Y con esos mimbres es imposible construir un cesto de desarrollo adecuado. Complétese con gotas, e incluso con chorros de herencia del estructuralismo económico iberoamericano, y el fracaso ante el reto del desarrollo estará asegurado.

 






   
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