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Manuel Balmaseda,
Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Un presupuesto neutral, pero no indiferente
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A finales del pasado mes
de septiembre se inició la tramitación parlamentaria
del Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado de
2005 (PGE05), el principal instrumento de política
económica del Sector Público. La política
presupuestaria trata de satisfacer tres principios. En primer
lugar, eficiencia en la asignación de recursos al asumirse
la existencia de fallos de mercado. En segundo lugar, equidad
en la distribución de la renta de acuerdo a las preferencias
de la sociedad, reveladas por el proceso electoral. Finalmente,
se trataría de estabilizar el ciclo económico,
reducir su volatilidad, aunque como señalé la
semana pasada, en mi opinión los ciclos son óptimos,
permiten corregir los excesos de uno u otro sentido cometidos
en cada una de sus dos etapas, expansión y contracción.
En este sentido, la política presupuestaria debería
actuar sobre el ciclo únicamente a través de
los estabilizadores automáticos, como por ejemplo los
pagos por desempleo, evitando decisiones discrecionales.
El indicador más directo
para evaluar la actuación estabilizadora del Sector
Público es el saldo presupuestario. Según las
estimaciones del Gobierno, el conjunto de las Administraciones
Públicas (AA.PP.) cerrará el ejercicio 2004
con un déficit observado del -0,5% del PIB, frente
al superávit del 0,4% en 2003. Aparentemente, ello
supone un significativo deterioro de las cuentas públicas.
Sin embargo, un análisis riguroso exige considerar
el carácter excepcional de algunas de las medidas,
incluidas en el Plan de transparencia de las cuentas públicas
de julio de 2004. La de mayor importancia cuantitativa es
la asunción de la deuda de RENFE, que supone siete
décimas del PIB. Si se excluye esta partida, el saldo
de ingresos y gastos estrictamente propios del ejercicio 2004
resultaría ser un superávit del 0,2% del PIB.
El saldo presupuestario está
sujeto no sólo a las decisiones discrecionales del
Gobierno, sino que también está influido por
el ciclo económico. El efecto de éste sobre
las cuentas públicas es pro cíclico: las expansiones
elevan el superávit público (o reducen el déficit)
debido a la mayor recaudación de impuestos y a los
menores gastos por desempleo. Por el contrario, las contracciones
reducen el saldo público.
Según las estimaciones del
Servicio de Estudios del BBVA, la aportación negativa
del ciclo económico al saldo presupuestario será
de aproximadamente dos décimas en 2004. Por ello, el
saldo presupuestario ajustado de ciclo económico -
o saldo estructural - se situará en el entorno de un
superávit del 0,4% del PIB. Para 2005, los PGE05 recogen
un objetivo de superávit de las AA.PP. del 0,1% del
PIB. Si se cumple este objetivo y se emplean las previsiones
del Servicio de Estudios del BBVA del déficit cíclico
(de nuevo dos décimas del PIB), las cuentas públicas
españolas registrarían un superávit estructural
del 0,3% del PIB en 2005. Es decir, el “impulso fiscal”
que el Presupuesto produciría sobre la economía
en 2005 sería de 0,1 puntos del PIB, lo cual supone
la aplicación de una política fiscal prácticamente
neutral.
Para determinar la consecución
de los objetivos de las políticas públicas no
sólo importa el tamaño del propio saldo presupuestario,
la composición de las partidas de ingresos y de gastos
es clave para evaluar su contribución a la mejora de
la eficiencia y de la equidad de la economía española.
Pero esto, se tratará en próximas columnas.

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