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Manuel Balmaseda,
Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Deflación, una golondrina no hace verano
Tras la columna de la semana pasada, en que disertaba sobre
el riesgo de deflación, recibí un correo electrónico
(no podía ser de otra manera hoy en día) de
un amigo en que me increpaba que los economistas nunca estamos
contentos: "cuando los precios suben, porque suben, cuando
bajan, porque bajan ... ¡pues no estaría mal
una caidita de precios!". Tiene razón, que los
precios caigan no es necesariamente malo.
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"La
economía está creciendo por debajo de su
potencial y con perspectivas de seguir así, lo
que ampliará el output gap negativo de la economía
y continuará presionando a los precios a la baja." |
Antes de entrar en el debate se deben definir los términos.
Se dice que una economía está en deflación
cuando hay una reducción continuada del nivel general
de precios, con el énfasis en "continuada",
una caída puntual no supone deflación, y "general",
la caída de algunos precios tampoco constituye deflación.
Es más, la deflación es perniciosa cuando la
caída de precios afecta a las expectativas de los agentes,
que esperarían el mantenimiento de las reducciones
de precios. La deflación se refleja en incrementos
de los tipos de interés reales, que no pueden ser compensados
por la política monetaria (los tipos nominales tienen
un suelo en el 0%). En este contexto, las decisiones de consumo
se postergan (¿por qué consumir hoy si mañana
será más barato?), lo que incide sobre la inversión
y la actividad en general. El círculo vicioso se completa
por el impacto de la menor demanda sobre los precios, acentuando
la deflación y confirmando las expectativas de los
agentes. Históricamente, esto tuvo lugar durante la
depresión de 1929 a 1933.
Sin embargo, si la caída de precios es transitoria,
y se percibe como tal, no afectará a las expectativas
de los agentes y no incidirá sobre su toma de decisiones.
De hecho esta caída en el nivel de precios no puede
considerarse deflación. Además, si la reducción
de los precios es debida a un choque tecnológico o
a la liberalización del comercio su incidencia sobre
la economía no será negativa en el largo plazo.
Estos factores impulsan la eficiencia productiva y el crecimiento
económico, lo que se traduce en incrementos de renta,
y riqueza, para los agentes y en una mayor demanda agregada.
En este entorno, los tipos de interés reales tenderán
a aumentar, pero no por la reducción de las expectativas
de inflación sino por el incremento en la rentabilidad
del stock de capital. La deflación de finales del siglo
XIX (1870 -1896) en EE.UU. es un ejemplo de caídas
persistentes de precios con crecimiento sostenido de la actividad.
El riesgo de deflación, en la actualidad, es del "malo".
La economía está creciendo por debajo de su
potencial y con perspectivas de seguir así, lo que
ampliará el output gap negativo de la economía
y continuará presionando a los precios a la baja. Al
ritmo anémico de crecimiento se une el impacto del
pinchazo de la burbuja bursátil sobre la actividad.
La burbuja indujo una acumulación muy importante de
capital que, unido a la globalización, ha dado lugar
a un exceso de capacidad. Ello se traduce, ahora, en tasas
de inversión reducidas. Además, el efecto riqueza
derivado de la burbuja que impulsó el consumo incide
ahora en sentido contrario.
Otro factor adicional que acentúa el riesgo de deflación,
en EE.UU. en particular, es el elevado endeudamiento y la
baja tasa de ahorro. En el contexto actual post-burbuja bursátil
y de moderadas expectativas de crecimiento las empresas priman
la reestructuración de su pasivo, reduciendo el endeudamiento,
sobre nuevos proyectos de inversión. A escala agregada
ello se traduce en una menor demanda agregada y en presiones
a la baja sobre los precios, acentuando la deflación.
El resultado es que la política de reducción
del endeudamiento se traduce en un incremento del valor real
de la deuda debido a la deflación, lo que alimenta
el círculo vicioso. Además, en este contexto,
las inyecciones de liquidez por parte de la autoridad monetaria
se desvían hacia dicha reestructuración, y no
impulsan la reactivación económica.
En suma, el riesgo de deflación en la actualidad recibe
tanta atención por el entorno macroeconómico
en que tiene lugar. La probabilidad de que se desarrolle el
círculo vicioso es todavía baja, pero más
vale estar alerta. En respuesta a mi amigo, como ya me ha
oído decir demasiadas veces, "todo depende".
Una golondrina no hace verano, pero cuando se acerca el verano
es cuando esperas ver las golondrinas.
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