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Gregorio Izquierdo El último cuarto
del siglo XX ha supuesto para España un avance muy intenso
en su nivel de desarrollo, lo que se manifiesta en un incremento
del PIB real de casi el 100 por 100 y en un aumento del empleo del
25 por 100, lo que conduce a una mejora considerable de la renta
per cápita además de elevar la productividad, especialmente
en las regiones con más actividad primaria, en más
de un 53 por 100. Todo ello ha permitido un incremento muy sustancial
en el nivel de convergencia real con la Unión Europea, y
ha convertido a España en una economía terciarizada
y abierta, especialmente desde 1995, ya que durante la primera mitad
de la década de los noventa se perdieron los logros obtenidos
en los quince años anteriores en términos de convergencia
y empleo. Este desarrollo se manifiesta en general en todas las
regiones españolas, aunque con ciertas particularidades que
han desplazado el eje de prosperidad económica de España
desde la cornisa norte industrial hacia las regiones mediterráneas
y Madrid, más terciarizadas.
El proceso que ha convertido a España en una economía desarrollada en los últimos veinticinco años pasa por la pérdida de peso relativo en el Valor Añadido Bruto total del sector agrario en favor del terciario, con una ligera reducción de la industria y la construcción de modo que las actividades primarias han pasado de suponer el 9,4 por 100 del VAB español en 1975 al 4,2 en 2000 debido al mayor crecimiento de sus precios y al desarrollo de la economía, de forma que su incremento anual medio en el periodo fue del 1,5 por 100. Por su parte, el sector servicios constituía el 63,3 por 100 del VAB en 2000 frente al 50,1 en 1975, logrando una tasa de crecimiento real del 3 por 100 anual, en buena parte debido a la externalización de muchos procesos que antes se realizaban internamente en empresas industriales o constructoras, lo que a su vez ha contribuido a que estos dos sectores hayan visto reducida su participación en el VAB en 8,7 y 1,5 puntos respectivamente. Ello no significa, sin embargo, que la actividad del sector secundario haya disminuido, ya que, a pesar de la crisis de ciertos sectores industriales en los ochenta, la producción industrial española aumentó casi en un 100 por 100 en el periodo, sino que indica la intensa terciarización de la Economía Española. En todas las Comunidades Autónomas se ha reducido la importancia relativa del sector primario, alcanzando incluso un descenso de la producción real en Madrid, Asturias, País Vasco y Galicia, mientras que la reducción relativa fue mínima en La Rioja y Murcia, ya que su producto hortofrutícola real experimentó un crecimiento intenso. Estas dos Comunidades, junto con Extremadura y Castilla La Mancha son las únicas en las que el sector primario aún supone más del 10 por 100 de su VAB. En este sentido es precisamente Castilla La Mancha la autonomía en la que el peso relativo del sector industrial ha aumentado durante el último cuarto del siglo, debido a la extensión de la actividad madrileña a Toledo y Guadalajara. Sin embargo, pese a que Madrid tiene más del 12 por 100 de la producción industrial española, su peso relativo en el VAB regional se reduce al 15,6 por 100, un aspecto en el que resultan líderes Navarra, País Vasco, Cataluña y La Rioja, con una importancia sensiblemente superior al 20 por 100. La construcción es el sector más homogéneo en cuanto a su peso relativo, si bien el mismo es superior en aquellas regiones con mayor dinamismo. El sector servicios ha aumentado su importancia en todas las regiones a pesar del estancamiento de su productividad que explica el fuerte incremento del empleo, destacando las Comunidades isleñas por el turismo y Madrid como capital, donde el sector supone más del 70 por 100 de la actividad, mientras que se reduce a menos del 50 por 100 en La Rioja, Castilla La Mancha y Navarra. El crecimiento del producto en el último
cuarto de siglo en España ha alcanzado una tasa media anual
del entorno del 2,7 por 100, pero con ciertas disparidades entre
regiones, ya que Melilla, Murcia, La Rioja y Canarias aumentaron
su producto en más del 120 por 100 en el periodo, o lo que
es lo mismo, una tasa anual de más del 3 por 100. Destaca
el caso de Murcia que supera a la media en un 33 por 100, lo que
se debe a la conjunción del aumento de población con
el incremento de la actividad agrícola de exportación
y la pujanza del turismo, aspecto este último que también
ha afectado muy positivamente a Canarias, Valencia y Andalucía,
las cuales, como se puede apreciar en el mapa, tuvieron crecimientos
superiores a la media española, junto con Navarra, Valencia,
Andalucía, Extremadura, Ceuta y Baleares mientras que Castilla
La Mancha y Madrid se encuentran en el nivel de dicha media. Por
el contrario, Asturias y el País Vasco registraron crecimientos
muy inferiores al resto, de modo que si hacemos un índice
de crecimiento en el que España sea 100, el producto asturiano
sólo ha crecido 48 puntos, mientras que el vasco se limita
a 66. En el primer caso se debe la crisis minera e industrial de
1975-85 que se extendió también a Cantabria y Galicia,
reduciendo su crecimiento sensiblemente, mientras que la limitación
de la región vasca es consecuencia, además, del desplazamiento
de actividad a las zonas de Navarra y La Rioja (como se aprecia
en el gráfico con toda claridad) por razones extraeconómicas
evidentes.
En lo que se refiere al nivel de desarrollo regional relativo, medido a través del PIB per cápita, destacan las mejoras de Extremadura, Galicia y Melilla, que se han aproximado a la media española en 11,4 puntos, 7,0 puntos y 17,2 puntos respectivamente, mientras que Murcia es la única región entre las más pobres cuya renta por habitante se ha reducido, debido al incremento de su población, muy intenso a lo largo del periodo 1975-2000, lo que también ha sucedido en Andalucía. En la región norte, Asturias y Cantabria han perdido posiciones por la crisis industrial de principios de los ochenta, mientras que entre las regiones de mayor riqueza, de nuevo el País Vasco sufre la mayor caída (-16,7 puntos respecto a la media), debido a la salida de empresas de la zona además de por el menor empuje del sector siderúrgico, y ello a pesar de las importantes ventajas de su sistema impositivo y de que no aporta fondos al sistema de redistribución regional de renta que articula la Administración central, a través del sistema fiscal y de la Seguridad Social, al cual contribuyen en mayor medida las regiones con mayor desarrollo excepto la zona vasca, liderando las aportaciones Baleares, Cataluña y Madrid. La redistribución de renta no sólo es clave para lograr mayor homogeneidad en el desarrollo regional, sino también para que la convergencia con el resto de Europa se produzca de manera similar. En este sentido, España durante el último cuarto del siglo XX se ha aproximado al resto de Europa, aunque no de manera constante, ya que, según Eurostat, en 1995 el índice de convergencia de España frente a la Unión Europa, que mide el PIB por habitante en paridad de poder de compra, era inferior al de 1975 (78,2 frente a 79,9), mientras que entre 1996 y 2000 se logró un crecimeiento intenso de esta variable, para alcanzar el 82,6 en 2000. Ello ha supuesto un considerable aumento en el nivel de vida español, aunque en el aspecto regional, todavía sufre necesidades redistributivas, ya que sólo Madrid, Navarra y el País Vasco se encontraban por encima de la media europea en 2000, mientras que otras regiones aún quedan muy lejos de la misma, destacando Extremadura (53 por 100) y Andalucía (61 por 100). En conjunto, la actividad ha experimentado una reorientación hacia la costa Mediterránea y Madrid, lo que se aprecia también en los 3,7 millones de empleos creados desde 1996 que se concentran en dichas zonas, frente a la pérdida de puestos de trabajo de las dos décadas anteriores, muy intensa en la cornisa cantábrica y, en menor medida, en las zonas interiores. .
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