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Juan Velarde Fuertes,
Consejero del Tribunal de Cuentas
Catalunya,
poble decadent
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El epígrafe de esta anotación lo debemos al
excelente economista y estadístico Josep A. Vandellós.
En un ensayo así titulado, publicado en Barcelona,
en 1935, se plantea un dilema agobiador para todo nacionalista.
Por una parte, Cataluña, para ser "rica i plena"
necesita industrializarse. Con ello sube su nivel de renta
y cae en virtud de la ley de Bertillon, su natalidad. Aquella
vieja frase romana de que sólo el lecho de la pobreza
es fecundo, se cumple una vez más. Para que continúe
el desarrollo de la región, es preciso que llegue,
para compensar esa despoblación, población inmigrante.
Pero el nacionalista se aterra ante esto,
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"Para
que continúe el desarrollo de la región
catalana, es preciso que llegue, para compensar esa despoblación,
población inmigrante. Pero el nacionalista se aterra
ante esto." |
como era el caso de Vandellós
en 1935, y ahora es el de Pujol, como éste expuso en
las jornadas sobre "los movimientos migratorios en el
siglo XXI", organizadas por la Fundación para
la Modernización de España al referirse a la
llegada a la región de ecuatorianos. Consideran ambos
que puede ponerse en peligro la cultura catalana, y tratan
de reconducir la situación. Por una parte, como sucedía
con Vandellós, había que incrementar la natalidad
logrando "que cada matrimonio" tuviese "por
término medio tres hijos". Al ser esto imposible,
decía Vandellós, influidísimo por el
libro de Corrado Gini, Nascita, evoluzione e morte delle nazioni
(Roma, 1930), "mientras los catalanes cada vez más
divididos y más individualistas iremos perdiendo la
noción de nuestras mejores esencias, se irá
forjando otra Cataluña con gente más fuerte,
más primitiva, llena de mayor vitalidad, que poco a
poco irá creando una nueva patria que, ciertamente,
no será aquella de la que habrán hablado nuestros
últimos poetas y que habría intentado conservar
los últimos políticos de nuestra raza".
La otra salida es la puramente coactiva, equivocada reacción
nacionalista, porque la cultura catalana no parece demasiado
vulnerable. Desde el siglo XIX y el movimiento de la Renaixença,
su firmeza es notable, y por tanto no hay siquiera que apelar
al caso del famoso Joan Ramis i Ramis, quien mantuvo la cultura
catalana en el siglo XVIII desde la Menorca de la excelente
gobernación del famoso Sir Richard Kane. Basta observar
cómo en toda Cataluña los emigrantes llegan
a la que consideran tierra de promisión, y pronto procuran
imitar en lengua y otros patrones de conducta a los habitantes
ya asentados previamente. El resultado es que el vacío
biológico engendrado por la pretendida "decadencia"
del pueblo catalán se compensa más que de sobra
con su formidable capacidad de integración, casi similar
a la norteamericana. Pero el nacionalista es, por esencia,
pesimista, medroso, y sólo piensa en medidas drásticas,
desagradables, que irritan y nada resuelven. Que lo que se
escribió en 1935 se mantenga 68 años después,
lo prueba.
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