Nº82
Del 5 al 11 de Marzo del 2003
 


 


 
 


Juan Velarde Fuertes
, Consejero del Tribunal de Cuentas
Catalunya, poble decadent

 
 



El epígrafe de esta anotación lo debemos al excelente economista y estadístico Josep A. Vandellós. En un ensayo así titulado, publicado en Barcelona, en 1935, se plantea un dilema agobiador para todo nacionalista. Por una parte, Cataluña, para ser "rica i plena" necesita industrializarse. Con ello sube su nivel de renta y cae en virtud de la ley de Bertillon, su natalidad. Aquella vieja frase romana de que sólo el lecho de la pobreza es fecundo, se cumple una vez más. Para que continúe el desarrollo de la región, es preciso que llegue, para compensar esa despoblación, población inmigrante. Pero el nacionalista se aterra ante esto,
  "Para que continúe el desarrollo de la región catalana, es preciso que llegue, para compensar esa despoblación, población inmigrante. Pero el nacionalista se aterra ante esto."
como era el caso de Vandellós en 1935, y ahora es el de Pujol, como éste expuso en las jornadas sobre "los movimientos migratorios en el siglo XXI", organizadas por la Fundación para la Modernización de España al referirse a la llegada a la región de ecuatorianos. Consideran ambos que puede ponerse en peligro la cultura catalana, y tratan de reconducir la situación. Por una parte, como sucedía con Vandellós, había que incrementar la natalidad logrando "que cada matrimonio" tuviese "por término medio tres hijos". Al ser esto imposible, decía Vandellós, influidísimo por el libro de Corrado Gini, Nascita, evoluzione e morte delle nazioni (Roma, 1930), "mientras los catalanes cada vez más divididos y más individualistas iremos perdiendo la noción de nuestras mejores esencias, se irá forjando otra Cataluña con gente más fuerte, más primitiva, llena de mayor vitalidad, que poco a poco irá creando una nueva patria que, ciertamente, no será aquella de la que habrán hablado nuestros últimos poetas y que habría intentado conservar los últimos políticos de nuestra raza". La otra salida es la puramente coactiva, equivocada reacción nacionalista, porque la cultura catalana no parece demasiado vulnerable. Desde el siglo XIX y el movimiento de la Renaixença, su firmeza es notable, y por tanto no hay siquiera que apelar al caso del famoso Joan Ramis i Ramis, quien mantuvo la cultura catalana en el siglo XVIII desde la Menorca de la excelente gobernación del famoso Sir Richard Kane. Basta observar cómo en toda Cataluña los emigrantes llegan a la que consideran tierra de promisión, y pronto procuran imitar en lengua y otros patrones de conducta a los habitantes ya asentados previamente. El resultado es que el vacío biológico engendrado por la pretendida "decadencia" del pueblo catalán se compensa más que de sobra con su formidable capacidad de integración, casi similar a la norteamericana. Pero el nacionalista es, por esencia, pesimista, medroso, y sólo piensa en medidas drásticas, desagradables, que irritan y nada resuelven. Que lo que se escribió en 1935 se mantenga 68 años después, lo prueba
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