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Manuel Balmaseda,
Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Navegando entre dos aguas
Europa ha constituido el punto de referencia en torno al cual
se ha desarrollado la política económica española
durante los últimos veinticinco años. En este
periodo pueden distinguirse varias fases bien diferenciadas.
En la primera etapa se produjo una profunda transformación
de la estructura económica, sentando las bases para
el desarrollo posterior. El programa de reformas acometido
tuvo un importante coste en términos de crecimiento
y de convergencia (la renta per cápita se redujo 8
puntos, del 81% de la media de la UE en 1975 al 73% en 1986,
y la tasa de desempleo pasó del 4,6% al 21%). En este
duro periodo de ajuste inicial, Europa, además de ser
el objetivo de la política económica, sirvió
de excusa para la introducción de reformas que no necesariamente
gozaban de respaldo doméstico, pero que eran necesarias
para garantizar el crecimiento futuro.
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"La
política económica española debe
encontrar su propio camino. Un modelo que fomente la innovación
y el carácter emprendedor, dinamizando la economía,
pero manteniendo los rasgos del Estado del Bienestar." |
En una segunda etapa, la pertenencia a la Unión Europea
se convirtió en el objetivo fundamental de la política
económica. La integración con las economías
europeas hizo necesario avanzar en el proceso de desregulación
y dinamización de la economía, continuando con
el proceso de privatizaciones e impulsando la apertura comercial
y la liberalización de los mercados de capitales.
El acceso de la economía española a la Unión
Económica y Monetaria desde su nacimiento marca la
tercera etapa del proceso de integración en Europa.
Este objetivo constituyó el fin prioritario de la política
económica desde 1996. Su consecución supuso
la convergencia nominal de España con Europa y un avance
importante en el proceso de convergencia real, lo que se ha
visto reforzado por la internacionalización de la economía
española, fruto de la mayor apertura exterior y del
auge de inversión extranjera directa, tanto en España
como de España en el exterior.
Una vez alcanzado este último objetivo, España
se ha quedado sin un eje central que guíe la política
económica. Europa, espejo en el que nos hemos mirado
durante el último cuarto de siglo, ha dejado de ser
un marco a imitar. El entorno económico europeo se
caracteriza, fundamentalmente, por su rigidez y su escaso
grado de liberalización, tanto en los mercados de bienes
y servicios como en el mercado laboral. En este sentido, la
economía española tiene poco que imitar de estos
mercados, habiéndolos sobrepasado en varias dimensiones.
En la búsqueda de un nuevo eje de actuación,
los mercados anglosajones presentan mercados mucho más
dinámicos y flexibles, con estructuras más eficientes.
El tejido empresarial anglosajón se intuye como más
innovador, emprendedor y competitivo. Precisamente las cualidades
que necesita fomentar la política económica
española. Sin embargo, las economías europeas
gozan del Estado del Bienestar, que garantiza una red de protección
social mínima. España, seguramente, no quiera
desprenderse de esta garantía (aunque modificaciones
en su estructura sí que serían necesarias).
Por tanto, la política española, por primera
vez en mucho tiempo, debe encontrar su propio camino. Un modelo
que fomente la innovación y el carácter emprendedor,
dinamizando la economía, pero manteniendo los rasgos
del Estado del Bienestar, que tanto ha costado construir y
que nos ha permitido llegar hasta aquí. Para ello son
necesarias las recetas ya conocidas: reformas adicionales
de los mercados de bienes y servicios y del mercado laboral
y la liberalización del tejido productivo. España
tiene que elegir un rumbo propio navegando entre dos aguas.
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