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Desde entonces, se han acumulado datos inequívocamente positivos, que si bien no señalan aún un retorno a la fuerte dinámica de expansión propia de los años noventa, coinciden en sugerir el inicio de una clara recuperación. El propio Allan Greenspan, Presidente de la Reserva Federal ha sorprendido a la opinión pública revisando al alza ante el Senado norteamericano, las previsiones que una semana antes había formulado en la Cámara de Representantes , de forma que el Congreso, en su conjunto, recibió dos valoraciones distintas ( y crecientemente optimistas ) de la situación, en el simple transcurso de siete días. En realidad, la economía norteamericana ha venido siguiendo, desde los inicios de la desaceleración, un comportamiento dual. La inversión en bienes de equipo se desplomó tan pronto como surgieron los primeros síntomas de debilitamiento económico y no dejó de registrar tasas negativas de crecimiento intertrimestral. El sector industrial, por su parte, acusó ese bache recesivo de la demanda en formación de capital, así como unas expectativas que se presumían poco favorables para el consumo, de forma que el conjunto de las empresas industriales optó por reducir sus niveles de producción. Sin embargo el consumo privado, desmintiendo los negros augurios que se formulaban, continuó a buen ritmo, con tasas de crecimiento sorprendentemente positivas a lo largo de la etapa recesiva del ciclo. También la inversión residencial continuó pulsando a buen ritmo, generando indicadores constantemente positivos para el sector de la construcción. Este comportamiento dual (recesión en bienes de equipo y producción industrial, pero expansión dinámica en consumo privado y construcción) venía planteando un puzzle difícil de resolver. Los pesimistas de turno argumentaban que , tarde o temprano, el consumo resultaría contagiado a la baja por la debilidad de la producción industrial y las negras perspectivas que se aventuraban para el empleo. Por las mismas razones- se decía- la demanda de viviendas habría de experimentar un considerable debilitamiento en el corto plazo. Los optimistas, sin embargo, discurrían en sentido opuesto. En su opinión, no tenía sentido que la producción industrial continuara deprimida, a pesar del fuerte impulso del consumo. Los stocks - argumentaban- tenderían a reducirse, hasta persuadir a los fabricantes de la necesidad de aumentar la producción. Para ello, las empresas necesitarían, además, más bienes de equipo. El contagio, por tanto, habría de operar en sentido positivo. ¿Quién tenía razón?. A juzgar por los indicadores más recientes, el pesimismo estaba menos justificado que los enfoques positivos. Efectivamente, tras sucesivos recortes, los inventarios llegaron a reducirse peligrosamente, alcanzando un mínimo histórico en el último trimestre del pasado año. Todas las encuestas opináticas revelan que los sectores industriales vuelven a considerar seriamente aumentos en el nivel de producción . Tanto el consumo como la demanda de construcción residencial se mantienen en una tónica de firmeza, al amparo de las sucesivas reducciones experimentadas por los tipos de interés acorto (y los flotantes a largo) y del impulso fiscal procedente de la nueva política presupuestaria. Si se considera además el impacto estimulante que el nuevo gasto público en armamento tendrá sobre los sectores industriales de alta tecnología, puede entenderse el clima de reactivación económica que se respira en los Estados Unidos a principios de 2002. De hecho, la mayoría de los pronósticos apuntan ahora a una recuperación que podría advertirse con claridad desde el segundo trimestre del año y que habrá de consolidarse a lo largo del ejercicio. Algunas de estas previsiones (como la de J.P.Morgan) son crecientemente "bullish" y otorgan una alta probabilidad a crecimientos intertrimestrales próximos al cuatro por ciento en el futuro inmediato, con un mantenimiento de ese ritmo a lo largo de todo el año y, como mínimo, el primer semestre de 2003. Ciertamente, la economía norteamericana vuelve a sorprendernos por el dinamismo que se deriva de su flexibilidad estructural. Con todo, cabría también recordar que la breve recesión experimentada en el último año no se ha aprovechado suficientemente para restablecer equilibrios hace tiempo perdidos, especialmente en cuanto a la necesidad de financiación del sector privado que, tarde o temprano, habrá de pasar su factura. Pero no parece que sea éste un momento apropiado para profundizar en viejos desajustes . Tiempo habrá - esperemos-de corregirlos a lo largo de la recuperación que se avecina, de forma que éste sea sostenible en el tiempo.
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