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Manuel Balmaseda,
Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Y de lo mío, ¿qué?
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La economía de mercado tiene su raíz en la maximización
individual del bienestar por parte de los agentes económicos,
lo que de manera agregada se traduce en la maximización
del bienestar social. En otras palabras, si cada individuo
hace lo mejor para él mismo, el resultado es que el
conjunto de la sociedad también se beneficiará
de ello. Éste es uno de los principios que subyacen
a la "mano invisible" de Adam Smith y que dotan
a la economía de mercado de incentivación y
de eficiencia. Si bien puede haber externalidades, fallos
de mercado, etc. que rompan el vínculo entre maximización
individual y social, esta simplificación capta de forma
fundamental "el motor" principal que mueve la economía.
Ello llevaría a pensar que la política económica,
por tanto, debe dejar actuar este afán "egoísta"
de los agentes, centrándose en regular las actuaciones
individuales que sean contrarias al objetivo final de maximización
del bienestar social. En este sentido, la política
económica debe tener muy claro su objetivo final, alcanzar
el mayor bienestar del conjunto de los individuos de la economía.
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"La
política económica debería anteponer
los intereses de los individuos a los de los grupos particulares." |
Las economías europeas, en general, y la española,
en particular, están lastradas por las rigideces de
los distintos mercados. Estas restricciones emanan de la anteposición
de los intereses de grupos particulares a los de la sociedad
en su conjunto. Un elevado número de restricciones
acabaría beneficiando a todos los agentes. Sin embargo,
este argumento sufre de la falacia de la composición.
Una medida que favorece a cada uno de los grupos en particular,
no necesariamente beneficia al conjunto, al igual que en un
partido de fútbol que cada individuo se levante para
ver mejor se traduce en que ninguno de ellos lo haga.
La política económica debería anteponer
los intereses de los individuos a los de los grupos particulares.
Pero en la realidad, esto no es así. Una vez más
la política económica entra en disputa con la
economía política. Ello se traduce en que se
implementan políticas que beneficien mucho a unos pocos
y que perjudiquen poco a muchos, aunque el cómputo
global sea negativo. Ejemplos de ello abundan, como muestra
valga un botón. Las restricciones de horarios laborales
perjudican a los ciudadanos, al limitar sus opciones de compra,
en beneficio no sé de quién. En principio cabría
pensar que de los pequeños comerciantes, pero no de
todos ellos, pues también tienen restringido por ley
su horario de actividad. Otro ejemplo, el más patente,
es el de las pensiones. Se opta por incrementar el beneficio
de los actuales pensionistas en detrimento de las generaciones
futuras, que poco pueden decir ante ello.
El coste social, sobre los individual, de estas restricciones
particulares no se compensa por los beneficios que determinados
sectores obtienen. Además, la eliminación de
esta dinámica de intereses particulares flexibilizaría
la economía y la dotaría de una mayor eficiencia,
de la que, probablemente, se beneficiarían aquellos
que en la actualidad defienden las restricciones.
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