Nº94
Del 4 al 10 de Junio del 2003
 


 


 
 


Manuel Balmaseda
, Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Y de lo mío, ¿qué?

 




La economía de mercado tiene su raíz en la maximización individual del bienestar por parte de los agentes económicos, lo que de manera agregada se traduce en la maximización del bienestar social. En otras palabras, si cada individuo hace lo mejor para él mismo, el resultado es que el conjunto de la sociedad también se beneficiará de ello. Éste es uno de los principios que subyacen a la "mano invisible" de Adam Smith y que dotan a la economía de mercado de incentivación y de eficiencia. Si bien puede haber externalidades, fallos de mercado, etc. que rompan el vínculo entre maximización individual y social, esta simplificación capta de forma fundamental "el motor" principal que mueve la economía. Ello llevaría a pensar que la política económica, por tanto, debe dejar actuar este afán "egoísta" de los agentes, centrándose en regular las actuaciones individuales que sean contrarias al objetivo final de maximización del bienestar social. En este sentido, la política económica debe tener muy claro su objetivo final, alcanzar el mayor bienestar del conjunto de los individuos de la economía.
  "La política económica debería anteponer los intereses de los individuos a los de los grupos particulares."


Las economías europeas, en general, y la española, en particular, están lastradas por las rigideces de los distintos mercados. Estas restricciones emanan de la anteposición de los intereses de grupos particulares a los de la sociedad en su conjunto. Un elevado número de restricciones acabaría beneficiando a todos los agentes. Sin embargo, este argumento sufre de la falacia de la composición. Una medida que favorece a cada uno de los grupos en particular, no necesariamente beneficia al conjunto, al igual que en un partido de fútbol que cada individuo se levante para ver mejor se traduce en que ninguno de ellos lo haga.

La política económica debería anteponer los intereses de los individuos a los de los grupos particulares. Pero en la realidad, esto no es así. Una vez más la política económica entra en disputa con la economía política. Ello se traduce en que se implementan políticas que beneficien mucho a unos pocos y que perjudiquen poco a muchos, aunque el cómputo global sea negativo. Ejemplos de ello abundan, como muestra valga un botón. Las restricciones de horarios laborales perjudican a los ciudadanos, al limitar sus opciones de compra, en beneficio no sé de quién. En principio cabría pensar que de los pequeños comerciantes, pero no de todos ellos, pues también tienen restringido por ley su horario de actividad. Otro ejemplo, el más patente, es el de las pensiones. Se opta por incrementar el beneficio de los actuales pensionistas en detrimento de las generaciones futuras, que poco pueden decir ante ello.

El coste social, sobre los individual, de estas restricciones particulares no se compensa por los beneficios que determinados sectores obtienen. Además, la eliminación de esta dinámica de intereses particulares flexibilizaría la economía y la dotaría de una mayor eficiencia, de la que, probablemente, se beneficiarían aquellos que en la actualidad defienden las restricciones
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