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Arturo Gil Pérez-Andújar
Gracias a la flexibilización y modernización de nuestra estructura productiva, con el fin de adaptarnos a la nueva realidad global, en los últimos años las empresas españolas han afianzado su presencia en otros mercados, pero no sólo en cuanto a mayores cuotas de mercado de nuestros productos, sino también en lo referente a la inversión directa exterior de nuestras empresas, de tal forma que hemos abandonado el tradicional papel de importador neto de capital, para convertirnos en uno de los principales inversores en algunas regiones del mundo. En este sentido, la inversión española en el exterior responde a una mayor concienciación, por parte de los empresarios, de la necesidad de internacionalización de las empresas españolas en unos mercados cada vez más globalizados y competitivos. Sin embargo, nuestra capacidad para competir
en los mercados globales se ve lastrada por el reducido tamaño
de nuestro tejido empresarial caracterizado por la insuficiencia
de recursos humanos, tecnológicos y financieros. Es indudable que el proceso de privatizaciones, junto con la liberalización y desregulación de mercados, ha introducido mayor competencia en nuestra economía, con sus consiguientes efectos positivos sobre la eficiencia empresarial y sobre los propios consumidores a través de precios bajos y mayor calidad y variedad de la oferta. El programa de privatizaciones se enmarca en la estrategia de reformas estructurales, liberalización y desregulación de mercados, con el fin de dotar de mayor protagonismo a la iniciativa privada y reducir el tamaño del sector público. Todo ello está permitiendo incrementar la eficiencia, la flexibilidad y el dinamismo de nuestra economía y eliminar las trabas que impiden la adecuación de la oferta a los cambios impuestos por el aumento de la competencia y la revolución tecnológica, en pos de una mayor internacionalización de nuestro tejido empresarial.
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