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Juan Velarde Fuertes
Una utopía:
la cuestión de la renta básica
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Uno de los economistas españoles actuales más
finos intelectualmente y más al día es Luis
M. Linde. Por eso creo que merece la pena efectuar una glosa
de su aguda nota, “Renta básica, justicia cósmica”,
publicada en “Revista de Libros”, julio-agosto
2004. En ella efectúa la crítica de cuatro libros.
Dos del famoso fundador de “esta nueva fe” de
la Renta Básica, que ya tiene nada menos que una “Red
Europea de la Renta Básica” –BIEN, de sus
siglas inglesas, “Basic Income European Netwark?, Philippe
van Parijs: “Real freedom for all” (Clarendon
Press 1995) y “What’s Wrong with a Free Lunch?
(Beacon Press); otro dirigido por Robert van den Veen y Loek
Groot, “Basic Income on the Agenda. Policy Objetives
and Politi-Chances” (Amsterdam University Press), y
el coordinado por Daniel Raventós, “La renta
básica: para una ciudadanía más libre,
más igualitaria y más fraterna” (Ariel).
En el mes de septiembre de 2004, se va a celebrar en el “Forum
Barcelona 2004” el IV Simposio español de Renta
Básica y el X Congreso de la BIEN. Quien quiera tener
ideas claras sobre estos debates, haría bien en consultar
este trabajo de Linde.
Como se sintetiza en él,
los defensores de la Renta Básica constituyen una corriente
de filósofos morales, de activistas políticos
y de economistas “que creen haber encontrado, unos,
la vía por la que dan un gran paso adelante hacia la
“verdadera” justicia y la “verdadera”
libertad en el mundo capitalista y, otros, la “buena
y verdadera vía” para superar el socialismo y
alcanzar, finalmente, la liberación comunista”.
La raíz, como se comprende
con facilidad, es el impuesto negativo sobre la renta que
nació en la mente de Friedman, en 1962, en “Capitalism
and Freedom”, pero pronto se mezcló con otras
cosas que procedían nada menos que de los escapes imaginados
durante la Gran Depresión para aumentar la demanda
efectiva. Por este camino se integraron estas ideas en el
mundo de la seguridad social, o si se prefiere, en el del
Estado del Bienestar, y concretamente, del norteamericano,
a través, como señala Linde, de “Earned
Income Trax Credit” (EITC) que ha sido, de modo parecido,
también implantado en Gran Bretaña, y la “Temporary
Assintance for Needs Familias” de Clinton, para superar
herencias del New Deal de Roosevelt.
Pero esto marchaba en una dirección
que había sido rechazada por los seguidores de Renta
Básica. El punto clave de este movimiento es que el
Estado otorgaría una renta a cada ciudadano “igual
para todos, enteramente independiente de las circunstancias
personales de cada uno. Lo cobrarían igual, y por igual
importe, el pobre de solemnidad y el rico riquísimo,
los empleados y los parados, incluso los ociosos perfectamente
voluntarios. El derecho a cobrar la “renta básica”
sería tan incondicional como el derecho a votar en
las elecciones o a disponer de un carnet de identidad”.
Después hay discrepancias ¿debería tratarse
de una paga periódica o de un capital por una sola
vez? ¿Debería darse a todos, o sólo a
los mayores de edad? Van Parijs ha comparado la implantación
de la “renta básica” con realidades tan
revolucionarias, y que hoy nos parecen evidentes, como el
sufragio universal o la abolición de la esclavitud.
No se debe considerar que porque
la idea haya salido de la mente de moralistas, no haya interesado
a los economistas. Linde cita a Anthony Atkinson, a Meade,
al premio Nobel Simon y a Solow. Yo me atrevo a decir que
por la línea de Atkinson anda cercano, y no me extrañaría
un enlace, otro premio Nobel de Economía, Fogel. También
el siempre interesante comentarista de “Financial Times”,
Samuel Brittan, husmea por esos terrenos, porque considera
que así será más fácil la defensa
del mercado y racionalizar el Estado de Bienestar. Las actitudes
feministas en favor del “salario del ama de casa”,
caminan, también, por estos contornos.
Todo esto enlaza con el concepto
de la “justicia cósmica” planteada por
Thomas Sowell en “The Quest for Cosmic Justice”,
desde 1999. Son para él inadmisibles “las desigualdades
“generadas” por el capitalismo y la economía
de mercado, que el liberalismo formal “tolera y no hace
nada (o no lo suficiente) por compensar, o incluso justificar”;
también aquellas otras desigualdades, digamos, naturales,
que no están causadas por el capitalismo o el mercado
(como la desigual dotación de talento, salud, belleza,
etc.), que el liberalismo ni se plantea la “posibilidad
de compensar”. Por ese camino vamos a dar con la cuestión
de las rentas puras, no ganadas, y por supuesto rozaremos
al menos los mensajes de Henry George y su impuesto único
sobre la tierra. Por otro lado claro que ahí está
el fantasma de John Rawls y su “Teoría de la
Justicia” (hay traducción del Fondo de Culturas
Económicas, 1979): una persona no tiene derecho a los
frutos derivados de su superior capacidad, pero Rawls acepta
la desigualdad en cuanto sirve para elevar la posición
de quienes están en los niveles bajos de la escala
socioeconómica.
Aun con todos estos tirones hacia
igualdades, van Parijs prefiere el capitalismo y la economía
de mercado, porque 1) por su mayor eficacia el nivel de “renta
básica” puede situarse más alto, y 2),
la libertad personal la respeta mejor el capitalismo que el
socialismo. Claro que frente a esto se encuentra una gran
cantidad de radicales. Destaca el español José
Iglesias Fernández, que reivindica haber sido el primero
que empleó la expresión “renta básica”
en un artículo aparecido en “Mientras tanto”,
primavera 1995. Pertenece y de un modo destacado además,
al grupo “Asociación Renta Básica-Baladre”.
Todo esto tiene unos curiosos antecedentes de socialismo utópico.
Nos ha señalado Iglesias Fernández la existencia
de un libro, con el mismo título que el ensayo de Daniel
Raventós, “El derecho a la existencia”
(Ariel, 1999), de Juan Babot y Arboix, publicado en Tarragona,
en 1909.
Como dice Linde lo único
que puede tener interés no es esto último, sino
las propuestas que intentan encajar la Renta Básica
en el orden capitalista. Ésta debe ser recaudada a
través de una acción, confusamente explicada,
y desde luego coactiva, sobre las aportaciones a la renta
de los recursos naturales, o de lo que procede por lo acumulado
por las generaciones pasadas, o de lo que, en opinión
de Parijs, es superior la retribución de los asalariados
a su productividad marginal, y que se debe “en parte
a la tecnología y al conjunto de instituciones que
hacen posible una actividad económica ordenada y productiva,
todo lo cual constituye el “capital social”, concepto
que sirvió a Herbert Simon para defender la “renta
básica” en sus artículos en la “Boston
Review”. Esta “externalidad gigantesca”,
después de la crítica que ha hecho Anthony de
Jusay a su justificación y asignación, no puede
sostenerse.
Todo parece que va a quedar en
poco, salvo en una cosa: que la Renta Básica, inteligente
y pragmáticamente aplicada quizá sea... “no
sólo más justa que las medidas de “protección
social” tradicionales, sino que, además, es más
eficiente en sentido económico” Pero, ¿ocurre
así? La financiación es inimaginable sin recargos
en el impuesto sobre la renta que pueden pasar a ser, incluso,
intolerables. Además, la implacable curva de oferta
de trabajo, hará aumentar la gorroneria, guste o no.
Pero, es necesario agregar, como indican inteligentemente
Jusay y Linde, “suponer que, en un marco de democracia
política y de economía de mercado, es posible
implantar un sistema fiscal que signifique una gran presión,
en un buen número de casos, casi confiscatoria, sobre
salarios y rentas, y que el mercado y sus agentes van a seguir
produciendo “esos mismos“ salarios y rentas, que
son los que permiten la redistribución inicialmente
planteada, es contrario a lo que nos dice el análisis
económico y la experiencia histórica; y es inseparable,
además, de un vicio un tanto primitivo del pensamiento
económico, que consiste en creer que la renta y los
recursos están dados”.
Al final Linde hace unas simulaciones
para España de lo que podría suponer la financiación
de una Renta Básica de 300 euros al mes, o incluso
una “barata”. Ponen tan claramente los pelos de
punta, que no resulta imaginable que ningún gobernante
democrático dé este salto. Por supuesto ni el
PP, ni el PSOE, ni CiU ni el PNV. El resto, sencillamente
no cuenta, y puede que incluso se englobe dentro de no mucho
entre los asistentes al Forum de Barcelona, Hay que convenir
con Linde que “los problemas de pobreza admiten tratamientos
mucho más sencillos y eficientes y mucho menos perturbadores
de la actividad económica que la “Renta Básica”.
Entre las extravagancias hay muchas otras más entretenidas
que todo eso de atiborrarse de la memez de la “justicia
cósmica”.

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