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Manuel Balmaseda,
Economista Jefe para España del Sevicio de Estudios
del BBVA
Las pensiones, de cigarras a hormigas
Una vez más, desde Bruselas, se ha trasladado a la
sociedad española la necesidad de reformar el actual
sistema de pensiones en España, que garantice su viabilidad
futura. Países como Alemania e Italia ya han comenzado
a tomar medidas y otros países, como Francia, lo harán
antes del verano.
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"Es
necesario que los agentes sociales olviden sus intereses
particulares e iluminen el debate sobre la reforma del
sistema de pensiones." |
A veces una parábola ayuda
a comprender la situación. El sistema público
de pensiones en España es como la persona que aparentemente
goza de muy buena salud, pero que está desarrollando
cáncer. ¿No estaríamos todos de acuerdo
en que debería someterse a quimioterapia para eliminar
el tumor? El sistema de pensiones no supone, todavía,
un cáncer para la economía española,
pero, como no cambie su dieta pronto, necesitará quimio
en el futuro.
Pero, en España, el
debate en torno a "las pensiones" está caracterizado
por la irresponsabilidad del conjunto de agentes sociales.
Es necesario que se reconozca ante la sociedad que existe
un problema grave para el pago futuro de las pensiones, que
no puede resolverse sin la adopción de medidas dolorosas
a corto plazo. De entrada, debe reconocerse que el traslado
de la carga de las pensiones a las generaciones futuras no
sólo es insolidario, sino que es injusto y de difícil
justificación. Existe, en la actualidad, un amplio
consenso sobre la estabilidad proporcionada por el equilibrio
presupuestario y la solidaridad del acometido, al no aumentar
la deuda pública a la que deberán hacer frente
futuras generaciones. Las pensiones constituyen un problema
similar. Entonces, ¿por qué se ha conseguido
este amplio consenso entorno al equilibrio presupuestario
y no sobre las pensiones? Por un lado, el superávit
actual del sistema parece hacer innecesario reformas. Esta
falacia se funda en que el superávit actual se sustenta
en factores excepcionales, como la extraordinaria creación
de empleo, que en el futuro se verá condicionada por
la evolución demográfica de España, y
la llegada a la edad de jubilación de los colectivos
menos numerosos de la Guerra Civil.
A esta aparente buena salud del
sistema, se une la irresponsabilidad de los agentes sociales.
Todos actúan como la cigarra en la fábula de
la cigarra y la hormiga, entonando bellos cantos al sol pero
olvidándose que también hay que comer mañana.
Los políticos no quieren asumir el coste electoral
de adoptar las medidas para asegurar la sostenibilidad financiera
del sistema público de pensiones. Los sindicatos priorizan
el bienestar de los trabajadores actuales en detrimento de
los trabajadores del futuro, demandando medidas que elevan
el coste futuro de las pensiones. Y los empresarios, ante
la aparente buena salud actual del sistema, demandan continuamente
una rebaja de las cotizaciones sociales, olvidando la necesidad
de "hacer de hormiguita".
El debate es ya inaplazable. La
sostenibilidad del sistema público de pensiones requiere
reformas importantes que contribuyan a reducir el gasto futuro.
El aumento de la edad legal de jubilación más
allá de los 65 años, aunque la efectiva es ligeramente
superior a 63 años, y la ampliación del periodo
de cálculo de la base reguladora de las pensiones,
que contribuirá a reducir la pensión media,
son medidas razonables. Es necesario que los agentes sociales
olviden sus intereses particulares e iluminen el debate, comenzando
por educar a la opinión pública. Es demasiado
importante como para esperar.
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