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Lorenzo Bernaldo de Quirós
La respuesta es una victoria rápida de los EE.UU. y de sus aliados. Su superioridad militar es todavía mayor de la que tenían en la Guerra del Golfo y las fuerzas armadas iraquíes están en peores condiciones que entonces. Por otra parte no es probable que el régimen cuente con el apoyo de una población oprimida y empobrecida por Sadam Hussein. Desde esta perspectiva, la resistencia civil a la intervención sería pequeña y, en cualquier caso, marginal. Tampoco parece factible que Irak disponga de los medios necesarios para causar un daño sensible a la producción petrolífera de la región. En este marco, la solución de la crisis iraquí tendría un impacto estimulante sobre la coyuntura económica internacional. La caída del régimen "baatista" permitirá un incremento sustancial de la oferta global de oro negro, aproximadamente, de tres a cinco millones de barriles/día según los cálculos de Lawrence Lindsey, antiguo asesor económico de Bush. Al mismo tiempo, Irak tiene las reservas de crudo mayores del mundo, después de Arabia Saudita y posee aun vastos recursos petrolíferos sin explorar en el Desierto Occidental. Si se materializan esas expectativas, la economía mundial sufriría un "shock" positivo de oferta con consecuencias netamente expansivas. Con un petróleo a 15/18 dólares el barril, la reactivación sería un hecho. Una intervención militar corta y victoriosa, acompañada de un descenso del coste del crudo, mejoraría de manera radical las expectativas de los agentes económicos -familias y empresas- al eliminar el principal foco de incertidumbre que planea sobre la escena global. Este hecho es especialmente relevante para la evolución de la economía norteamericana y, por tanto, para la mundial ya que, desde mediados de los noventa, el ciclo económico de los países industrializados está estrechamente sincronizado con el de los EE.UU. Después de la Guerra del Golfo, se inició un largo período de expansión y no es descartable que ahora suceda lo mismo, aunque la posición financiera de las familias y de las empresas estadounidenses es menos sólida de lo que lo era en aquellos momentos, lo que puede restar vigor a la recuperación de la economía estadounidense. Es obvio que ese "rosado" panorama no se cumpliría si la guerra con Irak se alarga, se extiende a otras zonas de la región o se traduce en una destrucción significativa de la oferta de crudo. Sin embargo, esta conjetura es poco realista y, por tanto, su materialización difícil. Lo malo de los "beneficios" del conflicto es que pueden retrasar una vez más las reformas estructurales que frenan el potencial de crecimiento europeo, pero esa es ya otra historia.
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