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Con la publicación del IPC de enero último, el INE culmina los cambios en la elaboración de este índice que inició en 2001.
Ya durante el pasado año, en una primera fase, se amplió el número de rúbricas, se adoptó una nueva clasificación funcional de los artículos y de los servicios censados, se actualizaron las nuevas ponderaciones, ligándolas a la Encuesta Continua de Presupuestos Familiares (ECPF), y se corrigieron ciertas deficiencias en la medición de algunos artículos. Desde enero último el índice incorpora otras importantes modificaciones tales como la actualización del año de base y de las ponderaciones en función de las modificaciones de la evolución real de los patrones de consumo de los hogares. Otra de las principales novedades, quizás la más llamativa, es la toma en consideración explícita de las rebajas y promociones aspecto, este último, que se ignoraba anteriormente. Se ha ampliado, asimismo, la muestra de municipios, establecimientos, bienes y servicios, al tiempo que se incorporan mediciones que reflejen las mejoras cualitativas de las prestaciones, aspecto especialmente relevante en el caso de la informática, electrodomésticos, transporte, etc.
Todo ello no puede sino redundar en una medición más fiel y ajustada de la evolución de los precios en nuestra economía. Bien es cierto, sin embargo, que asistimos a una ruptura de las series, que se incrementa la volatilidad y que será algo más laborioso su análisis e interpretación.
Según los datos correspondientes a enero último dados a conocer por el INE el pasado viernes, el IPC general descendió una décima respecto a diciembre y se incrementó un 3.1 pc. frente a igual periodo del año anterior. La inflación subyacente, una vez eliminados los componente más volátiles como los precios de la energía y de los alimentos frescos, se redujo un 0.5 pc. en el mes y rebaja la tasa anual al 3.6 pc. Estos resultados sorprendieron a la mayor parte de los analistas, sin olvidar a los propios consumidores, que esperaban un incremento mucho más sustancial debido a la elevación de algunas tasas (especialmente de los carburantes) y al efecto de redondeo que ha acompañado la redenominación de los precios de pesetas a euros.
La explicación es relativamente sencilla y sólo podemos echar en falta que los responsables de su elaboración no hayan sido más explícitos, más transparentes o más pedagógicos en su interpretación, lo que ha llevado a una confusión innecesaria y a una polémica estéril. La toma en consideración, por primera vez, de las rebajas y promociones, lo que insistimos es una mejora en el cómputo del índice, ha producido una ruptura en las series. Estas rebajas tienen un carácter claramente estacional (en invierno y en verano) y las campañas inciden de un modo muy particular sobre determinados productos (vestido, calzado, menaje del hogar, etc.). Una lectura atenta de los resultados muestra que en enero los precios correspondientes a la rúbrica de "vestido y calzado" cayeron un 7.5 pc. respecto al mes anterior. Dicho de otra manera, simplemente excluyendo esta rúbrica del índice (que pondera cerca del 10 pc.) el incremento intermensual se cifra en 8 décimas (frente al descenso del 0.1 pc.) y la tasa anual se eleva al 3.3 pc. (respecto al 3.1 pc. que se desprende de los datos dados a conocer por el INE en su nota de prensa). También la inflación subyacente se encuentra afectada por este fenómeno ya que, descontando dicha rúbrica, habría aumentado un 0.5 pc. en enero (en lugar de una caída equivalente según las nuevas series) y la tasa anual habría alcanzado un 3.9 pc. (frente al 3.6 pc. publicado).
Por lo tanto, de no haber cambiado la metodología de elaboración del IPC, habríamos asistido en enero pasado a una aceleración de los precios. Esto no significa que el cálculo actual sea incorrecto sino que las series dejan de ser comparables sabiendo que este fenómeno se compensará a sí mismo cuando se disipe el efecto de las rebajas. La volatilidad aumentará porque este hecho se repetirá en el verano y, aunque con menor intensidad, con ocasión de otras campañas más ocasionales y de menor amplitud. A modo de conclusión podemos afirmar que, sin duda alguna, ha mejorado la medición de la inflación en nuestra economía y también que los resultados correspondientes a enero, aparentemente positivos, no son motivo de satisfacción ya que la aceleración implícita que incorporan nos sigue enfrentando al crucial problema de la competitividad.
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