Nº76
Del 22 al 28 de Enero del 2003
 
 


 
 


Miguel Sebastián
, Dtor. del Servicio de Estudios del BBVA
La guerra, en Davos

 




El jueves 23 comienza en Davos la reunión anual del World Economic Forum, que se prolongará durante 5 días. No es una novedad que esta reunión tenga lugar en una etapa de incertidumbre macroeconómica. Pero lo que resulta novedoso es que el evento coincida con una situación clara de preguerra, lo que se denomina eufemísticamente en los mercados "de riesgo geopolítico".
  "Davos va a ser el último foro en el que los líderes mundiales opinen sobre la oportunidad de esta guerra."


El día 27 de enero es la fecha en la que debe ser entregado el informe de los expertos de la ONU sobre la situación en Iraq de las armas de destrucción masiva, y todo parece apuntar a que dicho informe no va a evitar el conflicto, ni siquiera retrasarlo. Davos va a ser el último foro en el que los líderes mundiales opinen sobre la oportunidad de esta guerra. Cuando nos referimos a "líderes mundiales" no sólo pensamos en los dirigentes políticos de los cinco continentes sino también en los principales ejecutivos de las corporaciones transnacionales y los gestores del ahorro mundial.

Vivimos en un mundo globalizado y las empresas, independientemente de su residencia, deben estar evaluando el impacto directo e indirecto que este conflicto puede tener a corto y medio plazo sobre sus cuentas de resultados. Sin duda, el escenario es incierto, algo que no gusta ni a las empresas ni a los mercados financieros.

El escenario optimista supone una rápida victoria de EEUU y sus aliados, que se traduciría en una caída del precio del petróleo, una fuerte recuperación de las confianzas de consumidores y empresarios y el retorno del crecimiento y la inversión, lo que se conoce como el "dividendo de la paz". Así, en este escenario optimista, el ataque a Iraq marcaría el fin del ciclo bajista. El modelo que subyace a este escenario es la experiencia de la Guerra del Golfo en 1991. Pero la situación actual es más compleja. No ha habido un enfrentamiento previo entre dos países árabes (Kuwait e Iraq) como ocurrió en agosto de 1990, sino un "ataque unilateral" de EEUU. Además, en esta ocasión Saddam no tiene nada que perder y su rendición aparenta ser más costosa. Entraríamos así en un escenario más pesimista, basado en una guerra más duradera, con un triple daño sobre las economías industrializadas.

El primer daño, inmediato, sería sobre el precio del petróleo que, pese a la subida reciente, aun sigue descontando el escenario benigno asociado a una guerra rápida. El aumento del precio de la energía supone un choque negativo sobre la oferta agregada de los países desarrollados, que empujará al alza la inflación y afectará negativamente al crecimiento real.

En segundo lugar, un impacto sobre la confianza de consumidores y empresarios, que afectaría negativamente los planes de inversión de las empresas en un momento que ya es bastante crítico. Todo ello suponiendo que la guerra no desata una cadena de atentados terroristas como represalia al "ataque unilateral" de los aliados. Esta caída de la confianza se traduciría en un choque de demanda negativo, que podría contrarrestar sólo de forma parcial el impacto inflacionista del petróleo, pero que exacerbaría la caída de la actividad real.

Finalmente, el coste de la guerra. Dado que no es políticamente posible un aumento de los impuestos, la guerra se traducirá en una mayor deuda pública, empujando al alza los tipos de interés reales que, dado el grado de endeudamiento de familias y empresas, provocaría una disminución adicional del consumo y de la inversión privadas.

Y no sólo los países desarrollados y los emergentes importadores de petróleo se verán afectados negativamente. Los flujos de comercio y de capitales disminuirán y todos los países se verán sufrirán las consecuencias del conflicto. En Davos puede estar la última oportunidad de manifestarse contra una guerra de dudosa efectividad y de enorme riesgo económico global.