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Miguel Sebastián,
Dtor. del Servicio de Estudios del BBVA
La guerra, en Davos
El jueves 23 comienza en Davos la reunión anual del
World Economic Forum, que se prolongará durante 5 días.
No es una novedad que esta reunión tenga lugar en una
etapa de incertidumbre macroeconómica. Pero lo que
resulta novedoso es que el evento coincida con una situación
clara de preguerra, lo que se denomina eufemísticamente
en los mercados "de riesgo geopolítico".
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"Davos
va a ser el último foro en el que los líderes
mundiales opinen sobre la oportunidad de esta guerra." |
El día 27 de enero es la fecha en la que debe ser entregado
el informe de los expertos de la ONU sobre la situación
en Iraq de las armas de destrucción masiva, y todo
parece apuntar a que dicho informe no va a evitar el conflicto,
ni siquiera retrasarlo. Davos va a ser el último foro
en el que los líderes mundiales opinen sobre la oportunidad
de esta guerra. Cuando nos referimos a "líderes
mundiales" no sólo pensamos en los dirigentes
políticos de los cinco continentes sino también
en los principales ejecutivos de las corporaciones transnacionales
y los gestores del ahorro mundial.
Vivimos en un mundo globalizado y las empresas, independientemente
de su residencia, deben estar evaluando el impacto directo
e indirecto que este conflicto puede tener a corto y medio
plazo sobre sus cuentas de resultados. Sin duda, el escenario
es incierto, algo que no gusta ni a las empresas ni a los
mercados financieros.
El escenario optimista supone una rápida victoria de
EEUU y sus aliados, que se traduciría en una caída
del precio del petróleo, una fuerte recuperación
de las confianzas de consumidores y empresarios y el retorno
del crecimiento y la inversión, lo que se conoce como
el "dividendo de la paz". Así, en este escenario
optimista, el ataque a Iraq marcaría el fin del ciclo
bajista. El modelo que subyace a este escenario es la experiencia
de la Guerra del Golfo en 1991. Pero la situación actual
es más compleja. No ha habido un enfrentamiento previo
entre dos países árabes (Kuwait e Iraq) como
ocurrió en agosto de 1990, sino un "ataque unilateral"
de EEUU. Además, en esta ocasión Saddam no tiene
nada que perder y su rendición aparenta ser más
costosa. Entraríamos así en un escenario más
pesimista, basado en una guerra más duradera, con un
triple daño sobre las economías industrializadas.
El primer daño, inmediato, sería sobre el precio
del petróleo que, pese a la subida reciente, aun sigue
descontando el escenario benigno asociado a una guerra rápida.
El aumento del precio de la energía supone un choque
negativo sobre la oferta agregada de los países desarrollados,
que empujará al alza la inflación y afectará
negativamente al crecimiento real.
En segundo lugar, un impacto sobre la confianza de consumidores
y empresarios, que afectaría negativamente los planes
de inversión de las empresas en un momento que ya es
bastante crítico. Todo ello suponiendo que la guerra
no desata una cadena de atentados terroristas como represalia
al "ataque unilateral" de los aliados. Esta caída
de la confianza se traduciría en un choque de demanda
negativo, que podría contrarrestar sólo de forma
parcial el impacto inflacionista del petróleo, pero
que exacerbaría la caída de la actividad real.
Finalmente, el coste de la guerra. Dado que no es políticamente
posible un aumento de los impuestos, la guerra se traducirá
en una mayor deuda pública, empujando al alza los tipos
de interés reales que, dado el grado de endeudamiento
de familias y empresas, provocaría una disminución
adicional del consumo y de la inversión privadas.
Y no sólo los países desarrollados y los emergentes
importadores de petróleo se verán afectados
negativamente. Los flujos de comercio y de capitales disminuirán
y todos los países se verán sufrirán
las consecuencias del conflicto. En Davos puede estar la última
oportunidad de manifestarse contra una guerra de dudosa efectividad
y de enorme riesgo económico global.
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