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Lorenzo Bernaldo de Quirós
La hipótesis de una resolución rápida y victoriosa de la guerra contra el régimen de Sadam Hussein lleva camino de verificarse. En consecuencia, sus efectos sobre la economía mundial serán neutros e incluso positivos en el corto plazo. Si el principal riesgo para los países industrializados procedía de un aumento del precio del crudo derivado del conflicto, esa conjetura no se ha materializado y el riesgo de un "shock" petrolífero se ha esfumado. Este hecho es fundamental porque tres de las cinco últimas contracciones del PIB registradas en la OCDE han tenido su origen en movimientos alcistas del coste del oro negro. Es probable que el precio del crudo descienda más después del conflicto, lo que constituye un dato positivo para la economía global.
La positiva evolución de las operaciones bélicas ha tenido también un impacto positivo sobre los mercados de valores y sobre la confianza de los consumidores y de los inversores. La incertidumbre existente en los meses anteriores al inicio de las hostilidades y las dudas sobre su duración al comenzar éstas han desaparecido. Desde esta perspectiva, las expectativas de los agentes económicos han mejorado y el riesgo de que se produzca una recesión en el corto plazo se ha desvanecido. Desde esta perspectiva, la guerra ha sido un factor de estabilización de la economía mundial y ese es un dato muy positivo. En estos momentos, los principales interrogantes surgen de cómo se comportará la economía internacional y, en especial, la norteamericana en la posguerra. Con el fin del conflicto iraquí desaparece la incertidumbre pero persiste la frágil situación en la que se encontraba el panorama económico global en el preconflicto. En cualquier caso es bastante improbable que se desencadene una fase expansiva similar a la que dio lugar el final de la Primera Guerra del Golfo Pérsico. Las razones para ello son bastante claras y es interesante comentarlas brevemente. De entrada, las perspectivas de la economía norteamericana son inciertas. El consumo privado se mantiene relativamente fuerte pero el alto endeudamiento de las familias las hace muy vulnerables a cualquier empeoramiento de las condiciones que determinan su gasto -riqueza financiera e inmobiliaria, empleo, tasas de interés; la inversión no reacciona y todo indica que existe aún un exceso de capacidad en amplios sectores de la economía; el déficit por cuenta corriente ha escalado hasta los contornos del 5 por 100 del PIB y el público alcanzará una magnitud similar. Esta combinación de elementos configura un escenario muy vulnerable y plantea dudas sobre la intensidad y la duración de una posible reactivación de la actividad productiva en los EE.UU. Si América no va bien, Europa irá peor. El escenario más negativo para la economía de la UE sería una desaceleración intensa del PIB estadounidense acompañada de una fuerte depreciación del dólar frente al euro. En este caso, las dos mayores economías del Viejo Continente, Francia y Alemania, que carecen de motores internos de crecimiento se verían abocadas a una situación económica muy grave que podría desembocar en una recesión. La erosión de las fuentes endógenas del crecimiento económico del eje franco-alemán hace que la evolución de sus economías dependa básicamente de la del ciclo norteamericano desde mediados de los años noventa del siglo pasado. En suma, la guerra contra Irak aleja el espectro de una inmediata recesión pero no garantiza que se abra una nueva fase expansiva. Los problemas que existían con anterioridad al conflicto emergen y plantean muchos interrogantes sobre el futuro.
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