Nº89
Del 30 de Abril al 6 de Mayo del 2003
 


 


 
 


Manuel Balmaseda
, Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
España, un buen alumno

 




En los últimos meses, y desde distintos ámbitos económicos, se ha enfatizado la crisis que atraviesa la economía alemana, resaltando la obsolescencia de su modelo económico. El moderado auge de la actividad durante la última década, con un crecimiento anual inferior al 2%, frente a cifras próximas al 3% en España, pone de relieve las dificultades de aquella economía para generar actividad. En particular, el menor dinamismo se ha manifestado con mayor intensidad en la segunda mitad de la pasada década, en que la economía alemana se expandió a un ritmo del 1,4% medio anual, mientras que su principal competidor y economía de referencia, EE.UU., lo hizo al 2,4%, aumentando el diferencial existente entre ambas economías. Este dinamismo de la economía estadounidense frente al estancamiento de la economía alemana ha desembocado en el cuestionamiento de su modelo económico.
  "Sin menoscabo de la búsqueda de otros modelos más flexibles, España debe continuar aprendiendo de los socios europeos más avanzados."


Pero sin menoscabo de la necesidad de reformas en el mercado germano que flexibilizen la economía y la doten de una mayor capacidad de crecimiento, es interesante comparar la situación actual de Alemania con la de España. Ello nos mostrará que si pensamos que Alemania necesita dinamizar su economía para garantizar su crecimiento futuro, la economía española necesita dichas reformas con mayor intensidad, puesto que parte de un punto de partida peor.

En primer lugar, Alemania es un país más rico. Goza de una renta per cápita un 20% superior a la española, por encima de la media de la Unión Europea. Ello hace que sea el contribuyente neto a las arcas de la UE más importante en términos absolutos. España, sin embargo, tiene una renta per cápita del 83% de la UE, siendo por tanto un receptor neto. Así, los fondos que recibe España de Europa ascienden al 1% del PIB español, con una contribución significativa al dinamismo de la economía. Si se eliminan esos fondos, como previsiblemente ocurrirá en un futuro, España tendrá que encontrar otras fuentes alternativas de financiación de su baja dotación de capital.

En segundo lugar, a pesar de las rigideces de los mercados alemanes, éstos son más flexibles que los españoles. Según los resultados obtenidos por la OCDE (Nicoletti, Scarpetta y Boylaud, 1999), en una escala de 0 a 6, siendo 6 el más restrictivo, la regulación de la actividad económica en Alemania se situaría en 1,4 (EE.UU. 1,0) mientras que en España alcanzaría un valor de 2,1. Los resultados son similares si se observa el mercado de bienes y servicios (1,4 en Alemania y 1,7 España), pero las diferencias aumentan significativamente cuando se analiza el mercado laboral. Si este indicador toma un valor de 0,4 en EE.UU., en Alemania los costes de despido lo elevan a 1,9, y a 2,4 en España, por las rigideces sobre éste. Alemania se mantiene por delante de España incluso en dos variables clave para la eficiencia económica: la facilidad para la creación de empresas (2,5 y 2,8, respectivamente) y el control gubernamental sobre la actividad económica (1,8 y 2,6), pero sigue estando a gran distancia de EE.UU. cuyos índices se sitúan claramente por debajo de uno en ambas variables. Así, para las economías europeas este frente supone uno de los principales focos de rigidez e ineficiencia económica. En conjunto, las economías europeas necesitan reformar su estructura económica y dotarla de mayor flexibilidad, pero la economía española no es todavía la que deba dar lecciones de cómo hacerlo.

En tercer lugar, el factor determinante del crecimiento futuro es la productividad. En este aspecto, la inversión en I+D y en nuevas tecnologías desempeña un papel crucial. Con respecto a la I+D, Alemania destinó el 2,5 de su PIB de 2001 a inversión en I+D mientras que España destinó en torno al 1%. Si bien es cierto que el diferencial más relevante no radica en la inversión gubernamental sino en la empresarial, 1,7 del PIB en Alemania frente al 0,5 en España. Ello sugiere que es necesario incentivar la inversión privada en España y que debería analizarse la relación entre inversión pública y privada, buscando la simbiosis entre ambas. Este mismo resultado que en I+D se observa también en la inversión en tecnologías de la información. El gasto en Alemania por este concepto se eleva al 4,2% del PIB, mientras en España solamente alcanza el 1,9. Por tanto, Alemania se perfila como un mejor candidato de cara al avance de la productividad en el futuro, sentando las bases del crecimiento económico.

En resumen, España ha avanzado muy significativamente en la desregulación de los mercados y en la introducción de reformas que garanticen el desarrollo futuro. Ahora bien, aun nos queda mucho terreno por recorrer. Alemania quizá no sea ya el modelo económico a seguir, pero todavía hay mucho que se puede aprender de ellos. La economía española debe adoptar un modelo económico que fomente la flexibilidad y el dinamismo de la estructura productiva, pero no debe despreciar las lecciones que economías más avanzadas que la nuestra nos puedan ofrecer
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