Nº86
Del 2 al 8 de Abril del 2003
 


 


 
 


Manuel Balmaseda
, Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Matando al mensajero

 




"En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira". Dudo que Calderón tuviera en mente las estadísticas económicas cuando escribió estos versos, pero podría haberlas tenido. En particular, las estadísticas de precios están sujetas continuamente a valoraciones y apreciaciones que sobrepasan su mera esencia. El IPC es, seguramente, el indicador económico más seguido por su frecuencia mensual y por ser referencia para la actualización de contratos. Mide los precios de una cesta de consumo que pretende ser representativa de lo que el ciudadano medio, ese que no existe ni nadie conoce, consume. Para ello, el índice se construye ponderando los distintos productos en función de las respuestas a la Encuesta Continua de Presupuestos Familiares de los dos últimos años. Por tanto, el IPC considera las preferencias de consumo que los ciudadanos reflejaron en dicha encuesta. Hasta aquí, el IPC es simplemente un "número" que recoge fielmente el coste de la cesta de consumo media. Pero, como Calderón dice, se puede mirar desde distintos prismas.
  "Las críticas al IPC se deben a su utilización para fines para los que no fue diseñado."


El objetivo del IPC es conocer el incremento de los precios de consumo, que, además de su importancia para la política económica, se utiliza como referencia en la negociación colectiva y las pensiones. Ahora bien, la inflación del IPC no es equivalente al incremento del coste de la vida. Como se mencionó anteriormente, el IPC mide estrictamente los precios de una cesta fija de consumo, mientras que medir el coste de la vida es medir el gasto necesario para mantener un determinado grado de bienestar. Puede haber cambios en la inflación medida por el IPC (si suben mucho los tomates, por ejemplo) que no afecten al coste de la vida ya que los consumidores ajustan su cesta en línea con la evolución de los precios relativos (se puede mantener el bienestar sustituyendo tomates por más lechuga, más barata). De esto se deduce que el IPC sobreestima el incremento de precios en la economía y, por tanto, el coste de la vida. Pero el problema es utilizarlo para algo para lo que no fue construido, la actualización de las rentas.

En esta misma línea han proliferado las críticas al IPC porque, al ser la referencia para los salarios y las pensiones, cambios fiscales tendentes a desincentivar el consumo de determinados productos (tabaco, alcohol, etc.) se ven contrarrestados parcialmente por el aumento del IPC y el consiguiente incremento de la renta de los consumidores. Ello ha llevado a sugerir, por ejemplo, que se debería eliminar el tabaco del IPC. De nuevo, se exige al IPC cumplir una función para la que no fue diseñado. Si se considera que los aumentos de pensiones no deberían incluir determinados productos, lo que parece razonable, la solución es bien sencilla. Determínese que las pensiones aumenten en función de otra medida de precios. Pero asúmase el coste de explicar esto a los pensionistas, no alteremos la vara de medir. Un metro es un metro, nos guste o no.

También se ha sugerido que el IPC infraestima la inflación al no incorporar el importante incremento de precio que han tenido los inmuebles. Pero la vivienda, además de un bien de consumo duradero, es un bien de inversión. Y, por tanto, debe tener una rentabilidad real positiva, lo que implica que debe revalorizarse por encima del nivel general de precios. Es decir, que, en todo caso, no todo el aumento del precio de la vivienda debería reflejarse en el IPC, que mide una cesta de consumo, no de inversión.

En el último año, además, ha sido objeto de polémica al dudarse que fuera fiel reflejo de una supuesta inflación "real", percibida por la gente, dado el efecto alcista del "redondeo" del euro sobre los productos de consumo más habitual. El IPC sí recogió ese efecto, pero en la proporción dada por la cesta establecida de acuerdo al consumo medio familiar.

Con todo se han desencadenado todo tipo de acusaciones que coinciden en concluir que el IPC está manipulado. Nada más lejos de la realidad. Ello implicaría dudar de los profesionales del INE, desde los encuestadores a los técnicos, cuya reputación está de sobra contrastada. El error es utilizar el IPC para fines para los que no fue construido. En fin, esa costumbre tan española de matar al mensajero
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