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Manuel Balmaseda,
Jefe del Servicio de Estudios del BBVA para España
Matando al mensajero
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"En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira,
todo es según el color del cristal con que se mira".
Dudo que Calderón tuviera en mente las estadísticas
económicas cuando escribió estos versos, pero
podría haberlas tenido. En particular, las estadísticas
de precios están sujetas continuamente a valoraciones
y apreciaciones que sobrepasan su mera esencia. El IPC es,
seguramente, el indicador económico más seguido
por su frecuencia mensual y por ser referencia para la actualización
de contratos. Mide los precios de una cesta de consumo que
pretende ser representativa de lo que el ciudadano medio,
ese que no existe ni nadie conoce, consume. Para ello, el
índice se construye ponderando los distintos productos
en función de las respuestas a la Encuesta Continua
de Presupuestos Familiares de los dos últimos años.
Por tanto, el IPC considera las preferencias de consumo que
los ciudadanos reflejaron en dicha encuesta. Hasta aquí,
el IPC es simplemente un "número" que recoge
fielmente el coste de la cesta de consumo media. Pero, como
Calderón dice, se puede mirar desde distintos prismas.
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"Las
críticas al IPC se deben a su utilización
para fines para los que no fue diseñado." |
El objetivo del IPC es conocer el incremento de los precios
de consumo, que, además de su importancia para la política
económica, se utiliza como referencia en la negociación
colectiva y las pensiones. Ahora bien, la inflación
del IPC no es equivalente al incremento del coste de la vida.
Como se mencionó anteriormente, el IPC mide estrictamente
los precios de una cesta fija de consumo, mientras que medir
el coste de la vida es medir el gasto necesario para mantener
un determinado grado de bienestar. Puede haber cambios en
la inflación medida por el IPC (si suben mucho los
tomates, por ejemplo) que no afecten al coste de la vida ya
que los consumidores ajustan su cesta en línea con
la evolución de los precios relativos (se puede mantener
el bienestar sustituyendo tomates por más lechuga,
más barata). De esto se deduce que el IPC sobreestima
el incremento de precios en la economía y, por tanto,
el coste de la vida. Pero el problema es utilizarlo para algo
para lo que no fue construido, la actualización de
las rentas.
En esta misma línea han proliferado las críticas
al IPC porque, al ser la referencia para los salarios y las
pensiones, cambios fiscales tendentes a desincentivar el consumo
de determinados productos (tabaco, alcohol, etc.) se ven contrarrestados
parcialmente por el aumento del IPC y el consiguiente incremento
de la renta de los consumidores. Ello ha llevado a sugerir,
por ejemplo, que se debería eliminar el tabaco del
IPC. De nuevo, se exige al IPC cumplir una función
para la que no fue diseñado. Si se considera que los
aumentos de pensiones no deberían incluir determinados
productos, lo que parece razonable, la solución es
bien sencilla. Determínese que las pensiones aumenten
en función de otra medida de precios. Pero asúmase
el coste de explicar esto a los pensionistas, no alteremos
la vara de medir. Un metro es un metro, nos guste o no.
También se ha sugerido que el IPC infraestima la inflación
al no incorporar el importante incremento de precio que han
tenido los inmuebles. Pero la vivienda, además de un
bien de consumo duradero, es un bien de inversión.
Y, por tanto, debe tener una rentabilidad real positiva, lo
que implica que debe revalorizarse por encima del nivel general
de precios. Es decir, que, en todo caso, no todo el aumento
del precio de la vivienda debería reflejarse en el
IPC, que mide una cesta de consumo, no de inversión.
En el último año, además, ha sido objeto
de polémica al dudarse que fuera fiel reflejo de una
supuesta inflación "real", percibida por
la gente, dado el efecto alcista del "redondeo"
del euro sobre los productos de consumo más habitual.
El IPC sí recogió ese efecto, pero en la proporción
dada por la cesta establecida de acuerdo al consumo medio
familiar.
Con todo se han desencadenado todo tipo de acusaciones que
coinciden en concluir que el IPC está manipulado. Nada
más lejos de la realidad. Ello implicaría dudar
de los profesionales del INE, desde los encuestadores a los
técnicos, cuya reputación está de sobra
contrastada. El error es utilizar el IPC para fines para los
que no fue construido. En fin, esa costumbre tan española
de matar al mensajero.
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